trabajo reproductivo - Marujas en Instagram, ¿y?

Marujas en Instagram, ¿y?

Hace unos días que llevo dándole vueltas al tema de Instagram, del blog y, en general, de mi participación en las redes sociales. Muchas veces me he preguntado si no es demasiado pretencioso dar mi opinión sobre algunos temas de índole social o querer exponer mi menú cuidadosamente fotografiado con platos de porcelana que no suelo utilizar a diario, sobre manteles floreados y con cubiertos dignos de la reina Victoria.

Sobre lo primero, he dicho muchas veces que el feminismo, como la comida, es también mi fuente de nutrición. Conforme más leo sobre el tema, más me empodero. Dentro de mí está creciendo un monstruo que suele enfrentarse con esa Esther pequeña e insegura, que cuando diga de salir del todo ¡que tiemble el mundo! Al fin y al cabo, soy socióloga de formación y cierto espíritu de reflexión, digo yo, me habrán aportado los cinco años en la facultad. Además, una deja de preguntarse si su voz es lícita para el mundo cuando oye determinadas gilipolleces procedentes de lenguas endemoniadas.

Ahora voy con el tema de la alimentación. Debo reconocer que al principio me daba cierto reparo hacer públicos mis descubrimientos culinarios. Sentía que estaba quebrantando alguna norma no escrita. Por lo general, la gente no suele hacer públicos sus platos, a menos que sean buenos chefs (sobre todo en masculino) o nutricionistas o influencers en el tema. Sin embargo, ¿quién era yo más que una aficionada a la cocina saludable y una combatiente del azúcar? A lo largo de estos dos años, he tenido una serie de sentimientos confusos a los que poco a poco he ido poniendo nombre. Eso sí, han acabado todos en un mismo cajón llamado patriarcado.

En mi caso, no soy nutricionista, pero me gusta compartir mis descubrimientos con las personas que me siguen y no hay absolutamente nada más detrás, ni ánimo de lucro, ni de reputación, ni ná.

Sobre algunas fotografías de cocina casera en Instagram -realizadas por mujeres, cabe decir-, en ocasiones he oído aquello de “a quién le importa lo que coma o deje de comer”, o “no hace falta que alardee tanto de lo bien que cocina”. No, tranquilas, por suerte, esos comentarios no iban dirigidos a mí (al menos no los he recibido directamente), pero sé que si se tratase de enseñar lo bien que he aprendido a planchar blusas, el resultado sería exactamente igual: desvalorizar el trabajo doméstico. Eso sí, seguramente sería más interesante comentar la buena forma física que he demostrado en mi última carrera de montaña, o enseñar lo maravilloso que es el hotel de algún viaje de negocios, o la foto del tráfico que que encuentro tras pasarme doce horas en la oficina. Es curioso que tenga la sensación de que, si son hombres los que realizan este tipo de publicaciones, los calificativos dan un giro de 180 grados. Entonces, resulta que son “apañados” o “espabilados”.

Una vez más, las tareas productivas eclipsan a las reproductivas. El uso del tiempo en las tareas del hogar, como la cocina, aunque represente una actividad primordial para la vida y el bienestar de las familias, está lejos de adquirir el prestigio social que se merece.

Una de las cosas positivas que tienen las redes sociales es el apoyo en la visibilización de ciertos fenómenos y problemas sociales. Si resulta que a mí o a mi abuela nos apetece crear una cuenta para hablar de la cocina tradicional, no nos criminalicéis por ello. Y, por favor, no os cortéis en publicar, junto a vuestro viaje de negocios, aquella cena especial que os ha llevado más de una hora en preparar. Y si resulta que la receta la habéis copiado de mi recetario, pues mejor que mejor, y si no me mencionáis, pues vale, os perdono, que tampoco estoy aquí para hacerme famosa.

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