Satisfyer: hacia la conquista del clítoris

A estas alturas, creo que casi todas habréis oído hablar del Satisfyer, uno de los regalos estrella en las pasadas navidades. A las que os suene a chino, deciros que se trata de un juguetito sexual femenino diseñado para ejercer un suave efecto succionador sobre el clítoris que, unido a unas suaves ondas, lo estimula hasta el punto de producir orgasmos en menos de dos minutos. Sin duda, se trata de una revolución en el campo de la sexualidad femenina y un impulso hacia la visibilización del clítoris. Ya iba siendo hora de que el placer de la mujer se extendiera más allá de la penetración, tal y como habían determinado hasta ahora las estructuras de poder patriarcales. Es ya una evidencia que, gracias a este aparato, mujeres que nunca habían tenido un orgasmo o que tenían más dificultad, pueden incluso conseguir varios en pocos minutos. Además, este tipo de artilugios favorecen el autonocimiento del cuerpo de la mujer, cosa con la que no puedo estar más a favor. ¿Os podéis creer que todavía hay mujeres que no saben cuántos agujeros tienen allí abajo y para qué sirve cada uno?

El consolador es al patriarcado lo que el Satisfyer es al feminismo. Clic para tuitear

Sin embargo -porque todo tiene un “pero” y siento ser aguafiestas- hay numerosos estudios que indican que los jóvenes están mucho menos interesados por el sexo, al menos por las relaciones sexuales compartidas, que las generaciones precedentes. Ha aparecido una nueva cultura sexual y conceptos como “masturbación”, muy ligado al mundo de la pornografía, se ha substituido por “conducta autoerótica”. Entrar en un sexshop se ha normalizado tanto como entrar en una frutería. Se pueden ver a madres curioseando con sus hijas, y la dependienta probablemente sea una señora de mediana edad que no lleve cuero, ni medias de rejilla.

En este contexto, se oye hablar de un nuevo término, especialmente aplicable a los millenials: “la procrasturbación”, una palabra que une procastinación y masturbación. Se trata de un fenómeno que traspasa fronteras, y que viene motivado por la preferencia al sexo en solitario. De ahí el éxito de estos juguetes, incluyendo las famosas muñecas que tanto afán tienen los japoneses en fabricar.

Occidente está siendo testigo de una «recesión sexual». Los jóvenes, estandarizados por el patrón de las redes sociales y Netflix, no tienen ni interés, ni tiempo para dedicar al sexo con otras personas. El analfabetismo relacional del siglo XXI no solamente se entiende por la dificultad social de tomar un café en casa de la vecina, sino porque nos estamos volviendo incapaces de mantener relaciones sexuales.

Otro detalle que me chirría es utilizar el reclamo feminista -del que se han hecho eco los de Satisfyer- para mercantilizar la tan poco explotada sexualidad femenina. No olvidemos que el juguete cuesta más de 30 euros y no es accesible a todas las mujeres.

En resumen, creo que gracias al cacharrito, la gente tendrá más claro dónde se activan los botones. Me parece genial la idea de que la mujeres invirtamos en nuestro propio placer, lo valoremos, lo disfrutemos y lo bromeemos. Creo que hay pocas cosas más divertidas en la vida que una charla entre amigas hablando sobre su propia sexualidad. Sin embargo, no debemos permitir que esta pequeña parcela de nuestra intimidad sea terreno de juego del capitalismo. Satisfyer sí, pero siempre por detrás del hazlo tú misma, de meter mano o de follar.

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