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Netflixismo

Cuando una ha sobrevivido a los cuarenta, a dos niños pequeños demandantes de atención continua, a algunos golpes duros en la vida, a negociar una hipoteca, a conservar un empleo por más de diez años, le bastaría con estirar las piernas en un cómodo chaise longue y disfrutar de una serie de Netflix para ser feliz. Debería dejar escapar un suspiro satisfecho al llegar a su pequeño y ordenado apartamento; tendría que dibujar estúpida sonrisa cada vez que encendiera la tele; e iluminársele el alma al contemplar bonita vitrina que compró para guardar la vajilla que utiliza dos veces al año.

Fue mi conciencia de clase media -porque soy de clase media, ¿no? -la que me convenció para comprar aquel sofá de tres metros, y no más pequeño; también para malgastar el poco espacio del que dispongo en las habitaciones para almacenar un montón de ropa y otros enseres que rara vez utilizo. El comedor -donde nunca comemos- guarda las proporciones prediseñadas para la clase media, es decir, deja espacio para los que deberían considerarse como objetos de primera necesidad. En él cabe una mesa para los invitados; un sofá; y, lo más importante, el centro gravitacional alrededor del cual se dispondrán el resto de los objetos y mobiliario: una buena televisión.

¿Y qué hago con mi librería? No debería necesitarla porque en la mayoría de los salones actuales no hay libros. Claro que, con esto de la decoración minimalista, se nos repite como un mantra que tenemos que crear ambientes depurados.  Me pregunto si esto no forma parte de esas grandes estrategias del sistema por las que nos convencen de que debemos conformarnos con habitar espacios cada vez más reducidos, cual conejos en madrigueras urbanas. Clic para tuitear

En mi adultocentrista salón tampoco hay lugar para juguetes, ni lápices de colores, ni una mecedora para hacer ganchillo mientras mi hija lee un cuento en mi regazo. Por lo que respecta a las habitaciones, éstas están pensadas para poco más que colocar un armario, una cama y, con un poco de astucia, calzar un escritorio en una esquina. ¿Qué área se destina a la creatividad? ¿Hay algún rincón en el que podamos compartir momentos de calidad con los que nos rodean? Con las proporciones de los hogares actuales y la disposición de sus elementos, ¿nos extraña que nos estemos volviendo gilipollas?

Se me antoja imaginarme un comedor con una gran mesa en medio; una de esas que si se ensucian con pintura nadie se enfada; un espacio polivalente en el que puedas tomarte un té, hacer los deberes o pintar un cuadro. Imagino un montón de libros desordenados y diarios encima de un sillón retapizado. ¡Ah! y también un buen equipo de música que no descanse casi nunca. En algún rincón de la sala, tendría que haber un espacio repleto de juguetes sobre una alfombra. Y las paredes exhibirían un montón de fotos, dibujos infantiles, incluso algún graffitti.

Ahora que nuestro hogar se parece más de lo que me gustaría a una página del catálogo de IKEA, mi pareja me dice que quiere tocar la batería. Practicaría en casa con una de esas eléctricas, que no molestan a los vecinos y realmente no ocupan demasiado espacio. Medidor en mano, nos dedicamos a buscar un rincón donde colocarla, pero pobres de nosotros, nos extrañamos al descubrir que no hay un metro cuadrado disponible. ¡No puede ser! Al principio parece algo inaudito. Aun contando con pocos muebles y sin ser una decoración sobrecargada, no conseguimos hacer sitio para instalarla. Si nos deshacemos de la estantería, no podremos colocar los pocos libros que conservamos; la mesa de invitados va muy bien para cuando de higos a brevas viene un invitado a cenar; el sofá no se toca; y la tele… bueno, la tele también es inamovible. La antena fue instalada dejando muy claro cuál iba a ser perpetuamente su lugar en la casa. Por supuesto, tampoco cabe en ninguna de las diminutas habitaciones, en las que solo hay lo básico e indispensable.

En nuestro entorno mediterráneo se ha puesto de moda la aséptica decoración nórdica, la cual me resulta fría y carente de personalidad. Eso sí, dicen que otorga mucha paz para poder mirar la serie que más nos gusta y relajarnos después de una dura jornada. Poco a poco, yo también estoy siendo absorbida por el netflixismo con el que nos mantienen a raya: quietas, calladas y contentas como gilipollas.

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6 comentarios en “Netflixismo”

  1. Mari Carmen Muñoz Honrado

    Esther no he reído contigo, por la explicación que das de la casa, qué razón llevas hija! y qué poco nos acordamos de lo que verdaderamente nos haría feliz, pero el consumismo, las modas, y yo qué sé… los años… y las actitudes que tenemos, así que nuestras casas son pequeños museos… jaja me encanta ahora como vosotros ya tomáis más amplitud para los niños pues los míos se han criado en su dormitorios y jugaban en un pequeño espacio de la casa así era nuestra vida…DESMELENA TE Y HAZ LO QUE MÁS TE GUSTE!!!

  2. Gracias por el post. En casa cuando estábamos solos era así. Al tener a los peques consideramos que el salón es un lugar de familia, así que también ellos tienen sus cosas para poder compartir el espacio. Hace tiempo hicimos el cambio de chip, tienen libros para ellos, dibujos pegados en la pared y también juegos y su alfombra para poder estar tirados que es lo que más les gusta. No será el salón más estético y ordenado del mundo, pero tiene vida y calor de hogar.

    1. Como tú dices, creo que lo más importante es que ellos tengan su espacio en nuestro salón. Libros a su altura, espacio para crear, pero no encerrados, sino con nosotros. Respecto a la estética, la verdad es que empieza a traerme sin cuidado, jajajaja. Un abrazo

  3. Es que lo que nos han vendido es una decoración nórdica que no es tal, adaptada a nuestras casas de toda la vida. Sota, caballo, rey traducidos en muebles de laminado blanco y letras de madera. Es lo que tú dices: ¿por qué tener una mesa de comedor si nunca la uso?
    Entiendo que no debemos acumular por acumular, pero yo me niego a regalar mis libros para cumplir con una máxima de supuesto minimalismo. Las casas tienen que mostrar la personalidad de los que las habitan, no ser un escaparate.
    Conozco familias que tenían un comedor en una habitación aparte en la que no se permitía entrar a los niños. Me gustaría pensar que las cosas han cambiado.
    En cuanto a Netflix, estoy totalmente abducida, lo reconozco. 🙂

    1. Me has enamorado con esta frase “las casas tienen que mostrar la personalidad de los que las habitan, no ser un escaparate”. No podría haberlo dicho mejor ;).
      Gracias por comentar! Un abrazo de otra abducida de Netflix 😉

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