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Etiquetas sí, gracias

Ir a contracorriente es agotador. Necesitas nadar con más fuerza que quien se deja arrastrar por las aguas. Te obliga a ejercitar los músculos, te debilita. Si eres de las que se empecinan en nadar río arriba, seguramente es porque ansías llegar al punto más álgido, aquel donde que te sentirás gigante, y poderosa. Y libre. Porque ir a contracorriente no es más que una carrera para alcanzar tu libertad, para recibir el aire fresco de las alturas, y gozar de su efecto purificador sobre las mejillas.

Pero mientras tanto, el camino es hostil, y te hace sentir que la vida es tu propia enemiga. Debes acostumbrarte a la soledad, al frío paralizador, y esperar a que suene alguna canción que te escuche, algún libro que te lea, alguna película que te mire. Es no temer perder el rumbo en el bosque oscuro cuando sientas que los esfuerzos no valen la pena, porque al fin y al cabo son muy pocas las que todavía creen en ti.

Las contracorrientes son culturales y contraculturales, revolucionarias y contrarrevolucionarias. A veces no hay quien las entienda, porque nunca parecen estar satisfechas. Ahora se dice que hay feministas que todavía se quejan de la desigualdad de género; antiespecistas que se las ingenian para cocinar extravagancias con tal de no comer animales; y antisistema que han dejado de comprar regalos por navidad, porque es una festividad que no les representa; y prefieren coser sus propias vestimentas a regalar su dinero a las grandes marcas, las que manipulan en las rebajas hasta a las mentes más recelosas.

En mi caso, la aplastante rutina y las responsabilidades me han condenado al laissez faire de las masas hacinadas. Sin embargo, conozco esa sensación de vacío; el mareo que hace temblar las piernas cuando se cruza la línea roja; la desolación de sentarse en un banco “los lunes al sol”, y exponerse a la mirada crítica de las que se enfrentan a sus quehaceres, a sus prisas siempre justificadas. Porque sentarse en un banco sea probablemente uno de los actos más revolucionarios que existan. Lo más sencillo, lo que realmente simplifica nuestras vidas, es dejarse llevar calle abajo por la corriente, sin esfuerzos, con ligereza, sin demasiadas etiquetas.

Sé de qué os hablo cuando os digo que llevar una etiqueta es difícil. A mí también me ha temblado la voz al decir que soy “feminista” o “vegetariana”. Sé la responsabilidad que conlleva declararte “lo que sea”. Eso te conduce a una batalla inexorable contra la gran mayoría, la que no soporta a las contraculturas, pues no representan más que un cuestionamiento sobre su persona; una forma de dilucidar su conducta de sumisión al poder subyugante.

Hoy en día, lo más sencillo es levantarse del banco y dejarse llevar por la corriente calle abajo, huyendo de las etiquetas para así evitar conflictos. “No me gusta ponerme etiquetas”, solemos escuchar últimamente en un acto de falsa modestia que oculta un temor a ser juzgada. Pero olvidamos que las etiquetas son las que crean comunidad, las que nos permiten estar unidas e identificarnos para no sentirnos seres aislados.

Las etiquetas visibilizan nuestros deseos, nos hacen sentir que no estamos solas combatiendo contra la mayoría. No limitan, sino que hacen aparecer nuevas realidades que solo existen desde que son nombradas. Así que perdamos el miedo y etiquetemos siempre. No importa cuan de distintas puedan ser las situaciones que se incluyan en una misma etiqueta, porque de ello se nutren, de la diversidad que al final acaba uniéndonos.

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