bañador de niña - El adultocentrismo y el bañador

El adultocentrismo y el bañador

¿Os imagináis una ciudad diseñada por niñas y niños? ¿Qué pensaríais al ver las paredes de los edificios pintadas de colores y colchonetas en el comedor en lugar de sofás?

Seguramente si les preguntáramos, alguna pediría tener una habitación sin techo para dormir mirando las estrellas o poder pasearse en cueros por la calle. Para otras, las casas deberían tener los suelos blanditos para que no se lastimaran al caer y no tener que ser regañadas cada vez que corretean por el comedor. Sin embargo, a veces no hace falta llegar tan lejos.

La de vueltas que le he dado a este tema desde que mi hija de cinco años me rogó que no le pusiera más bañadores enteros -ya sabéis, de esos que cubren el torso-, sino braguitas de baño. Por supuesto, ella se siente mucho más cómoda con esto último: se seca más rápido; es más fresco; y otorga sensación de libertad. Sin embargo, muchas normas sociales prescriben el uso de bañador entero para las niñas, sobre todo en las piscinas.

Nos encontramos ante una demostración de adultocentrismo o adultismo, una expresión común de las relaciones asimétricas de poder entre adultos y niños. Aun a sabiendas de que el bañador es una prenda engorrosa de llevar -recordemos las contorsiones para librarse de él cuando hay que ir al baño- no dudamos a la hora de comprar uno para las clases de natación de nuestra hija. Algunos progenitores argumentarán que es una forma de proteger -sobre todo a las niñas- de los pervertidos sexuales. Del mismo modo, nos negamos a que nuestras hijas e hijos se paseen desnudas por la playa. Por desgracia, una vez más, tendemos a castigar a la víctima en potencia, en lugar de al delincuente.

En contra de lo que pudiera interpretarse, el adultocentrismo no es un fenómeno actual, sino que se originó en el momento en el que los humanos abandonamos el nomadismo para volvernos sedentarios. Según el sociólogo Klaudio Duarte, el inicio de los movimientos invasores y las guerras determinó que los menores se consideraran como un botín y fueran resguardados por los adultos, especialmente hombres. De este modo, se ha ido asentando este imaginario social sobre los niños, así como la construcción del concepto de infancia. ¿Sabéis que en latín la palabra infancia significa “el que no sabe hablar”? La traducción lo dice todo.

En nuestra cultura, los adultos proyectamos nuestras necesidades y dirigimos nuestras vidas en función de nuestros recursos y posibilidades, mientras que los derechos de las niñas y niños se postergan a un segundo plano. Clic para tuitear

Volviendo al tema del bañador, algunos estudios recientes alertan sobre la creciente sexualización de las menores, incluida la ropa. Y resulta que el hecho de “esconder”, puede tener el efecto inverso, según la psicóloga y filósofa Heike Freire, quien afirma que este fenómeno se ha hecho más evidente en las dos últimas décadas. “Por un lado, la adolescencia se adelanta cada vez más. Las niñas se desarrollan antes físicamente y parecen mayores psicológicamente. Por otro, vivimos en una cultura esencialmente pedófila: el ideal de cuerpo atractivo que se transmite en la publicidad es el de la infancia y muchas modelos y actrices son todavía menores de edad o lo parecen. Es curioso, porque la adolescencia se está alargando”.

Freire, que además está especializada en pedagogía y dirige el blog EducarenVerde, explica que muchas niñas se ponen la parte de arriba del bañador por propia voluntad, conducidas por una presión social difusa que van interiorizando a lo largo del proceso de socialización de género. Se trata, según ella, de “una vuelta de tuerca del patriarcado capitalista”.

Por otro lado, María Silveria Agulló, socióloga experta en género, afirma que la culpa es de todos. Aunque sea de forma inconsciente, las madres que compran esos bañadores tienen parte de responsabilidad. Las niñas experimentarán ese deseo de ser mayores y de cuidar su físico para que las miren. Advierte que, a la larga, esta incorporación de estereotipos de género en la infancia suele desembocar en una feminidad única y “exagerada, impuesta y forzada”, dificultando la igualdad entre sexos por la que tantas luchamos.

Fuentes:
Si te gusta, ayúdame a difundir

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *