deux sorcières - A Margarita Tafanera y a todas las brujas, in memoriam

A Margarita Tafanera y a todas las brujas, in memoriam

Las brujas vestidas de negro volando sobre escobas son símbolos del imaginario colectivo de nuestra civilización occidental. En muchos cuentos infantiles, aparecen como como horrendas ancianas que utilizan su sabiduría mística y ancestral para hacer el mal. Desde pequeñas, se nos ha explicado que las brujas eran esas mujeres feas, narigudas y desgarbadas, capaces de matar a niños, destruir aldeas enteras o hechizar a todo aquel que intentara cumplir buenamente con los preceptos sociales establecidos. De ellas se decía que eran amantes del diablo. El pueblo las repudiaba y su misantropía las había llevado a vivir aisladas de la sociedad. Pero lo cierto es que este fenómeno recogido en la Historia en forma de hechos anecdóticos que obedecían más a supercherías rurales y religiosas se llevó la vida de miles de mujeres inocentes.

Poco se ha hablado de los tres siglos de caza de bruzas. Al contrario de lo que podría pensarse, la persecución no vino impulsada por el Clero y la Inquisición. Fueron la transición hacia el capitalismo y la gestación del pensamiento ilustrado las que promovieron los grandes genocidios en los que se incriminó a tantas mujeres por el mero hecho de querer ser las dueñas de sus propios cuerpos y llevar un estilo de vida poco convencional. Esta forma de control social condenaba a todas aquellas a las que se consideraba demasiado charlatanas; controlaban su reproducción; practicaban el aborto; se negaban a ir a misa; o preparaban brebajes curativos.

En mi ciudad, Terrassa, también las había. Una de ellas fue Margarita Tafanera, quien fue duramente castigada junto a otras mujeres. Antaño se las obligaba a llevar carteles por la calle alertando a la población del peligro que suponían. La mayoría eran extranjeras, pobres y viudas. Podría decirse que se trataba de mujeres solitarias y, por ende, más indefensas. Muchas eran grandes conocedoras de la naturaleza. El aislamiento social las había instruido en las propiedades maravillosas que tienen las plantas y eran hábiles en la preparación de remedios naturales que sus enemigos llamaban “hechizos”.

Hasta los estudios de Silvia Federici y su culminación en la gran obra “Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria”, la caza de brujas no ha sido nunca reconocida como uno de los acontecimientos más importantes de la ideología capitalista y de la formación del proletariado moderno. Precisamente, por el afán de muchas mujeres a asumir el control de sus cuerpos, comenzó una campaña de terror sin precedentes, en las que se inculcaba a los hombres miedo ante el poder de las mujeres. En general, la caza de brujas fue una estrategia más para penalizar la inteligencia de las mujeres y convertir esa cualidad en algo peligroso para la estabilidad del sistema. La brujería se convirtió en uno de los temas favoritos entre las élites intelectuales europeas que abogaban por el empirismo y el pensamiento racional. En este contexto en el que latía de fondo la idea de “progreso”, y necesidad de mano de obra para la consecución de la revolución industrial que comenzaría más tarde, el aborto y la contracepción, por los que lucharon tantas “brujas”, fueron duramente acusados. En muchos lugares, se condenó a la hoguera -en ocasiones se las llegó a quemar vivas- a muchas mujeres y a sus hijos. Otras veces, acababan en la horca o eran agredidas por la propia ciudadanía, que quería estar lo más lejos posible de las malas influencias.

Se propagó una psicosis colectiva entorno a la figura de “la bruja”, sobre todo motivada por una fuerte propaganda multimedia alertando de los peligros que suponían las mujeres que ejercitaban prácticas abortivas y contraceptivas.

Esta diabolización fue producto de este afán de instrumentalizar el cuerpo de las mujeres como contenedor y productor de la futura mano de obra. Clic para tuitear

Se miraba con recelo a las mujeres que hablaban entre ellas, y se debilitó la contralucha femenina aislándolas y llegando incluso a condenar las relaciones de amistad entre ellas. En este sentido, tanto las naciones católicas como protestantes se unieron para combatir a las brujas o, mejor dicho, a cualquier iniciativa que pusiera en peligro el equilibrio social y la demografía.

Una vez más, queda claro que la Historia la escriben siempre los vencedores. Por ello la sociedad no se ha cuestionado quienes fueron aquellas mujeres que formaban parte de la resistencia, cuya memoria está a punto de ser borrada y que han sido caricaturizadas y ridiculizadas con una verruga en la nariz y un sombrero harapiento. Margarita Tafanera, Eulàlia Totxa, Joana Sabina, Guillermina Font y Miquela Casanovas, alias Esclopera, fueron ejecutadas el 27 de octubre de 1619 cerca del puente de los ferrocarriles de las Aimerigues, en mi ciudad, Terrassa. Este post va dedicado a ellas, a la injusticia de su muerte y a la caricaturización que hoy en día sigue haciéndose sobre estas mujeres, que no cometieron más crimen que luchar por su autoderminación. Como propone Federici, hay que “revivir entre las generaciones jóvenes la memoria de una larga historia de resistencia que hoy corre el peligro de ser borrada”.

BIBLIOGRAFÍA:
• Federici, Silvia: Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Traficantes de Sueños, Madrid, 2010.

Fotografía: Deux sorcières, cuadro de Hans Baldung.

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