Las ilusiones de los otros

Encendió el transistor de la cocina para escuchar el programa especial de lotería de navidad. Las voces agudas de los niños anunciaban, con la conocida entonación, los números que iban apareciendo de las bolas, y un locutor hablaba de probabilidades, estadísticas y pueblos históricamente más premiados. Siguiendo la tradición, había colocado todas sus participaciones sobre la mesa, junto a una estatuilla de san Pancracio que sostenía un ramillete de perejil.

A sus años, las mañanas transcurrían tranquilas. Se levantaba a una hora que ella consideraba razonable y quitaba el polvo de los muebles, aunque estuvieran limpios; después desinfectaba los baños, también limpios; y luego se tomaba un café con leche y dos madalenas en la mesa de la cocina, para no ensuciar el comedor. A mediodía, venían sus hijos a comer. Lo hacían también en la cocina, y luego marchaban de nuevo a sus respectivos trabajos. Era el único momento del día en el que los veía, y se sentía afortunada por ello. La mayoría de mujeres de su edad, se quejaba de su soledad. Pero ese no era su caso, que podía disfrutar a diario de su compañía. Cierto era que luego cada uno hacía su vida. Regresaban a sus casas con sus esposas e hijos, y ella se entretenía mirando teleconcursos, y pensando en lo que cocinaría al día siguiente. Así había sido, desde que enviudara, su pequeña rutina con la que se sentía muy a gusto.

Apenas habían pasado tres minutos desde que comenzara el sorteo, que los niños anunciaron con entusiasmo el tercer premio. Entonces el locutor comenzó rápidamente a recitar los años en los que se había cantado tan pronto. Mientras ella recogía las migas de las magdalenas con el pulgar, imaginaba a las personas sobre las que había recaído. Pensaba en la felicidad de los que lo habían dado todo por perdido y de repente la suerte les sonreía de aquel modo: hipoteca liquidada, un coche nuevo, una segunda residencia, un viaje al Caribe.

Si se diera el caso, ella repartiría el dinero entre sus hijos. Con total seguridad, uno de ellos se compraría una casa nueva en un barrio en las afueras, con jardín y una habitación de invitados. El otro montaría una empresa fuera de la provincia, ya que la competencia era demasiado fuerte en la zona. Quizás se quedara algo para ella, que ya tenía la vida resuelta, lo justo para cambiar la cocina y el baño. Aunque, a decir verdad, a su edad le daba demasiada pereza comenzar unas obras que le pondrían la casa patas arriba.

No se había planteado cambiar de domicilio. Se encontraba bien en su barrio y guardaba una buena relación con las vecinas, excepto con una, con la que había tenido algún roce. Más de una vez la había escuchado decir que, si por ella fuera, se iría a vivir a otro lugar, junto a gente de mayor clase social. Se las daba de señora y la comunidad la molestaba. Si no fuese por aquella engreída con la que se tenía que cruzar de vez en cuando, su vida sería perfecta.

Cuando cantaron el segundo premio, ella seguía pensando en cómo se gastaría el dinero. Si bien haría partes iguales para sus hijos, también debía pensar en dar una parte a su hermano. Pero si le daba a su hermano, también tendría que dar algo a sus sobrinos, los hijos de su difunta hermana. Y siempre a partes iguales para no causar problemas, a pesar de que la situación económica de cada uno no fuese la misma.

Y tan ensimismada estaba, que le costó reaccionar cuando uno de los niños comenzó a repetir varias veces un mismo número, mientras que el otro le contestaba anunciándole el premio gordo. Repetían como loros el número y la astronómica cifra, cuando ella se percató de que se trataba de uno de los décimos que descansaba junto al san Pancracio. El corazón se le aceleró tanto que temió sufrir un paro cardiaco, de modo que intentó tranquilizarse tomando un vaso de agua. Al cabo de unos minutos, el locutor anunciaba su localidad como una de las afortunadas, y ella seguía temblando sosteniendo el décimo entre las manos.

Se dispuso a llamar por teléfono a sus hijos. Les diría que les invitaba a comer fuera y les anunciaría la gran noticia en el restaurante. Por fin podrán hacer realidad sus sueños, pensó. Uno, en una casa nueva en un barrio más alejado del suyo, donde no llegaba el transporte público y donde rara vez podría ir a ver a sus nietos. El otro mucho más lejos, donde pondría en marcha su negocio y al que, con suerte, vería un par de veces al año. Conforme iba tecleando el número de teléfono del hijo mayor, notaba como una tristeza aguda le recorría el espinazo. Aquel papel que sostenía con dificultad entre los dedos le comenzaba a arder. Miró a su alrededor: su diminuto comedor, limpio y ordenado; la repisa en la que reposaban las fotografías de rostros alegres de sus familiares; y la mesa de la cocina, ya recogida, en la que no volverían a haber platos de lentejas a mediodía.

Las cuatro paredes se le hacían cada vez más estrechas y necesitó abandonar el calor sofocante de su hogar para pensar con claridad. Agarró un abrigo, las llaves y se fue. Atravesó el pasillo del rellano y se detuvo junto a la puerta de su vecina. Recordó la última pelea que tuvieron, en la que le dijo que estaba harta de vivir entre pobretones como ella, y que soñaba con marcharse de allí lo antes posible. Entonces, sacó con cuidado el décimo que llevaba en el bolsillo y, sin pensarlo demasiado, lo deslizó por debajo de la puerta. Luego, regresó apresurada a su casa. Se estaba haciendo tarde para hacer la comida, y sus hijos llegarían tan puntuales como siempre.

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