Denuncio a mis cerdos

Malditos cerdos que, desde que uso sujetador -incluso algunos un poco antes-, de mí solo os importaba el tamaño de mis tetas; hablabais de ellas y las observabais con desafío, como si fueran ellas las culpables de vuestra perversión. Cerdos, que me hacíais sentir obscena cuando os relamíais ante mí como si estuvieseis viendo una peli porno. Vosotros, que me hicisteis creer que mi actitud, y no la vuestra, era impropia. Cerdos, que justificabais el acto de violar como consecuencia de la provocación; que condenabais una falda corta, o un escote amplio, o el exceso de carmín.

Señalo a los que metíais mano e invadíais mi espacio en el tren, en el metro, en la discoteca, en la cola del autobús; sabiendo que, aunque intentara en vano evadir aquel bulto desagradable tras de mí, no me atrevería a decir nada; porque era yo, y no vosotros, la que tenía que avergonzarme por llevar aquel vestido ajustado. Os considerabais víctimas sociales y a nosotras vuestras acosadoras; zorras provocadoras que solo merecíamos vuestro desprecio y que, ante tremenda fatalidad, os creíais en el derecho de restregarnos vuestra frustración, o vuestra polla o, en el peor de los casos, además vuestra rabia.

Muchas veces, me avergonzasteis cuando os cobijabais en grupo, junto a otros cerdos, y yo, joven, tímida, insegura, tenía que pasar por vuestro lado, con la mirada gacha y arrastrando los pies. Intentaba encogerme todo lo que podía, arrebujarme como un caracol, invirtiendo la postura para no resultar tan deseable; porque sabía que a vosotros, cerdos, os gustaba hacernos sentir indefensas. Aun así, no lograba evitar que vuestra conversación se interrumpiese para silbarme, lanzarme un piropo, o un insulto, o las dos cosas. Nada podía impedir que me humillaseis con vuestros comentarios sexistas, anunciándome todo lo que se os ocurría hacer con mi culo o con mis tetas. Y yo seguía caminando, os dejaba atrás aun a sabiendas de que vuestros ojos seguían clavados en mi trasero, comentando si era demasiado gordo, o demasiado plano, o demasiado atractivo.

A vosotros que, en la oficina, me mirabais las tetas mientras yo intentaba hablaros sobre un asunto laboral, y que luego me soltabais “qué rica estás”, como si en lugar de una persona fuese un tarro de mermelada. Vosotros, cerdos, ya sabéis a qué me refiero. Sabéis quiénes sois, lo que habéis hecho. Malditos cerdos que, probablemente ahora, seáis padres -solo espero que la naturaleza os haya privado de ese privilegio- y que intentáis proteger a vuestras hijas de los que son de vuestra especie. Porque sólo vosotros conocéis la mentalidad de un agresor y, por ello, el miedo os perseguirá para siempre.

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