TRABAJAR GRATIS - cuidado con Mr. Wonderful

cuidado con Mr. Wonderful

Este es otro de los posts que escribo con bastante mala leche. Aunque quizás sea más tristeza, o un golpe de desencanto de los que me llevo de vez en cuando, porque a mis cuarenta y tres años me jacto de mucho empoderamiento, pero todavía tengo mucho trabajo que hacer.

Alguna vez he dicho que empezar y mantener el blog ha implicado todo un ejercicio de autoconocimiento, de luchar por sostener en una posición razonable ese pesado listón que es la autoestima, de atreverme a dar mi opinión, de exponerme, de salir de mi saloncito de confort y dejar de ser una mera espectadora.

Con el tiempo, he sabido que abrir esa ventana al exterior es también un acto de generosidad. Esto no lo tenía tan claro al principio, pero creedme que cuando entendí que probablemente no fuera a vivir jamás de mis posts de cocina y feminismo, todo lo que llegó después fue puro amor al arte. Comprendí en qué consistía realmente el placer de cooperar humildemente -por los temas que me pertocan-, para ayudar a construir un mundo mejor.

Hubo un tiempo en el que nuestras vivencias, experiencias y opiniones se compartían en los portales, tomando café en casa de una vecina, o yendo a lavar al río. Clic para tuitear

Ahora que la tecnología se impone en nuestras vidas para recrear esos puentes de comunicación de forma virtual, no podemos rechazarlos. He expresado muchas veces mis reservas con el uso de las TIC, de hecho, sigo prefiriendo invitar a gente a casa para compartir una merienda que colgar las fotos de la misma en Instagram. Sin embargo, las redes son una antena más de difusión, una herramienta de comunicación delicada y sutil de la que no me quiero deshacer. Me han permitido abrirme más allá de mi entorno; conocer opiniones de desconocidas -probablemente más sinceras y desinhibidas que las de personas cercanas-; me han despertado curiosidad hacia nuevos temas; he aprendido de muchas sabias y brujas que merodean sueltas por la blogosfera y, sinceramente, me han hecho disfrutar.

El hecho de no haberme convertido en una influencer -a partir de los cuarenta es tan complicado ser influenciables como influenciadoras-, me ha relegado a la posición de alguien que se entretiene inventando recetas los domingos que luego fotografía con una cámara prestada; y a quien le gusta escribir sobre feminismo en un acto de paliar los silencios de su pasado.

Para redactar cada uno de mis artículos, he necesitado tiempo -¡y mucho!- que he invertido con placer. Además, nunca me ha importado escribir para terceros, si eso implicaba algún tipo de reconocimiento de mi trabajo: algunas veces lo he hecho a cambio de recibir productos; pero muchas otras veces lo he hecho gratuitamente, y me he sentido tremendamente devaluada y, de algún modo, infiel a mí misma. ¿No soy yo la que tanto intenta luchar por dignificar el trabajo de la mujer? ¿Cuántos hombres -sobre todo de mi edad- aceptarían trabajar sin recibir nada a cambio?

Hace unos meses, me ofrecí para redactar un artículo para la revista “Integral”. El que era el director en aquel momento me comunicó que no les quedaba presupuesto, pero que siempre podía hacerlo a lo Mr. Wonderful, es decir, gratuitamente y con una sonrisa de gilipollas, y pensé que “no había nada mejor que luchar por nuestros sueños” y  que “todo era posible en la vida si lo hacía con amor y dedicación”. Propuse redactar unas cuatro páginas para la revista, que consistían en unas cuantas recetas inéditas con sus correspondientes fotografías y texto añadido sobre mi blog y mi estilo de vida, a cambio de recibir un puñado de revistas en casa. Llegó el día de la publicación y, a pesar de que me gustó cómo había quedado la maquetación del texto y las fotos en las páginas centrales de la revista, me molestó que no me anunciaran en las páginas iniciales como colaboradora en ese número. Sí lo hicieron, en cambio, de otras personas de reconocido prestigio.

Al no recibir ningún ejemplar en casa, días más tarde envié un email a la nueva directora, quien me ignoró hasta que insistí en que me diera una respuesta. Encontraba la situación un poco indigna, teniendo que reclamar unas cuantas revistas, pero me sentía con el derecho de que nuestro acuerdo, por ridículo y desproporcionado que fuera, se cumpliera. Llegó a pedirme la dirección, pero nunca las envió.

Una vez más me sentí completamente despreciada por este tipo de empresas que abusan de la predisposición de personas como yo. Quizás muchas no le deis importancia, o encontréis exagerado que invite al omnipresente patriarcado a este escenario, pero… ¿creéis que hubiese ocurrido igual siendo yo un hombre? No puedo evitar pensar en dos grandes responsables del discurso: por un lado, el capitalismo salvaje y sutil, que nos aconseja que no dejemos de hacer lo que realmente nos gusta en la vida, con frasecitas al estilo de Mr. Wonderful, que nos recuerdan que es bonito “perseguir nuestros sueños” y blablablá, en las que el factor dinero no tiene cabida, y cuya única recompensa es el “lujo” de hacer algo que nos gusta. En mi opinión, se trata de una nueva forma de explotación moderna que nos presenta el trabajo en formato hobby. Teniendo en cuenta que la brecha salarial en nuestro país es del 15%, es lógico que considere que el patriarcado es otro de los grandes aliados del trabajo no remunerado. Las mujeres llevamos siglos trabajando de forma gratuita, y si encima lo que estamos haciendo nos gusta, razón de más para no darnos nada. El próximo paso qué será, ¿pagar por publicar?

El “haz lo que te gusta” misterwonderfulniano y lema de nuestra generación, no conduce a la salvación, sino a la autoexplotación, que siempre baila entre la peligrosa frontera del ocio y el trabajo.

 

Fuentes:

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2016-08-12/autoexplotacion-trampa-trabajo_1245222/

Ilustración de Bea Torno

 

 

 

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