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Yo, mis pelos y mi conciencia

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Últimamente denoto cierta intransigencia en lo que a la declaración de ismos se refiere. Si alguien está a favor del veganismo, más vale que no le pillen nunca comiéndose un huevo frito; si se es una antisistema, no debería volver a comprarse jamás ropa nueva; o si alguna se declara feminista, es preferible que no se depile las axilas.

Los nuevos ismos, o movimientos sociales alternativos, se caracterizan por haber surgido en un contexto sociopolítico de inconformismo. Son la respuesta de una sociedad que se manifiesta ante las grietas del Estado del Bienestar, contra una democracia intoxicada, en gran parte, por el abuso de poder de los grupos de presión hacia los gobiernos. Es por ello que necesitamos la fuerza de la sociedad civil para hacer frente a las desigualdades hacia las que la clase política da la espalda. De modo que la verdadera lucha debe comenzar desde abajo. Estos nuevos ismos -el vegetarianismo, el veganismo, el feminismo, el ecologismo, el socialismo revolucionario, entre otros- se esfuerzan por divulgar nuevos patrones socioculturales y económicos  que abogan por el empoderamiento y la abolición de cualquier tipo de opresión, ya sea especista, patriarcal, capitalista, o sobre los recursos.

Nos encontramos ante una voluntad de deconstrucción de los valores tradicionales que históricamente han oprimido a las mujeres; una lucha por la concienciación ambiental; una denuncia sin precedentes a la industria alimentaria que pone en peligro la sostenibilidad del planeta y destruye la soberanía alimentaria de los países; así como un fomento del consumo responsable como arma en contra de polarización de la riqueza.

Son todos movimientos necesarios en la nueva revolución democrática; velan por nuestras libertades, como mujeres, como ciudadanos y como consumidores. Sin embargo, a veces tengo la sensación de que no siempre la lucha se hace desde una perspectiva integradora, que tenga en cuenta la diversidad y la multiplicidad de valores y contextos –y con ello la libertad de decidir-, sino que, y ahora voy a centrarme únicamente en el movimiento feminista, la crítica al sistema patriarcal lleva implícita la defensa de un nuevo modelo que pretende “imponerse” como el correcto, legítimo verdadero.

Y, tras este planteamiento, me gustaría hablar de mí y de mi relación con mis pelos. Lamento sentirme pusilánime cada vez que me depilo las piernas, pero agradezco haber tomado conciencia de que, al desnaturalizar esa parte de mí, estoy subordinándome al jueguecito patriarcal ­–el que dice qué hacer para sentirse “guapa”-. Admiro con fervor a las que han superado este tabú, que no es fácil. Yo también quiero conseguirlo, pero de momento me conformo solo con la toma de conciencia. A partir de ahí, cada una tiene su camino particular que recorrer.

Hace poco tomé contacto con la obra de Judith Butler, su ensayo publicado en 1990 titulado El Género en Disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, su obra más controvertida y la antesala de la teoría queer. Lo interesante de su planteamiento es el rechazo a cualquier forma de representación hegemónica que se declare a sí misma como “correcta”. No se trata de crear nuevos modelos de género –que suelen ser binarios-, sino más bien abrir nuevas prácticas más liberadoras. Por tanto, coincido con Butler en que deben anularse todas las opciones que pretendan dictaminar lo que es correcto y lo que no en nuestra forma de entender el mundo, causando nuevas formas de opresión. Si bien se fomentan prácticas que pretenden, de buena fe, romper con la tradición hegemónica heterosexual, una parte del movimiento considera que no es legítimo depilarse y, con su juicio, reproducen discursos que de alguna manera nos recuerdan a los tradicionales sexistas.

Me encanta la iniciativa de aceptar nuestro vello corporal –las mujeres tenemos pelos en otras partes del cuerpo además de en la cabeza-; la defiendo aunque, como he dicho, aún no consiga ponerla en práctica: han sido demasiados años luchando por encajar en los cánones, que me llevan a hacer uso de la cuchilla de afeitar. Reconozco que mis piernas depiladas tienen una fuerte carga patriarcal, son fruto de la violencia simbólica machista, la repudia hacia un cuerpo femenino peludo con la que he sido socializada. Sin embargo, no me hacen ser menos feminista. Sigo siéndolo –y mucho- a pesar de ello.

Por otro lado, ya he oído alguna vez aquello de que “se vuelven a llevar los felpudos” y no me extrañaría que dentro de poco la tendencia comenzara a ser objeto de deseo sexual. Por supuesto que no tener que depilarse nunca me parece una opción más liberadora, sin embargo, no olvidemos que la libertad está en poder elegir lo que queremos hacer con nuestros cuerpos. No juzguemos ni hagamos valoraciones excluyentes, y aceptemos que cada una puede escoger, con plena conciencia –eso sí me parece fundamental- lo que quiere hacer con su cuerpo (y con su pelo púbico).

 

 

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