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Ya va siendo hora de hablar del orgasmo vaginal

Lo que os voy a explicar seguramente os suene ya, pero a mí me ha llegado de mayor, en una reunión sobre sexualidad femenina en la que, todas menos yo, tenían claro que el orgasmo vaginal era una paparruchada más ideada por el patriarcado. Desde mi adolescencia, cuando comencé a incluir jerga sexual a mi vocabulario, tenía bien diferenciado el binomio -otro más- orgasmo vaginal y orgasmo clitoriano. Paralelamente, se me había informado de que el vaginal era más difícil de conseguir, de que el aparato sexual de la mujer era complicadísimo y de que se necesitaban maniobras de contorsionista y aguda precisión para alcanzar el misterioso punto G, una especie de “botón” cuya localización siempre resultaba muy imprecisa y que, si sonaba, hacía de la afortunada una especie de elegida, y al poseedor del pene, o dedo, o lo que fuese con lo que hubiese frecuentado aquel territorio inexplorado, un héroe.

No os imagináis la cara de póquer que se me quedó. No sabía si sentir vergüenza o mala hostia. Pero, sin duda, la emoción que primaba por encima de las demás era la de alivio. En cuanto llegué a casa, me puse como una loca a buscar información sobre el tema, rogándole a Google que me confirmara que aquellas mujeres estaban en lo cierto, y poder mandar a paseo toda la frustración acumulada durante años. Como me temía, la información que conseguí encontrar era muy diversa. Un gran número de profesionales de la sexología y otros de omitida procedencia continúan afirmando que el punto G existe. Se trata de la forma reducida de decir “punto Gräfenberg”, nombre del ginecólogo alemán que, en los años 50, empezó a investigar sobre un órgano situado en un lugar inhóspito, entre la abertura de la vagina y el cuello del útero. Se dice que una forma de localizarlo es tumbándose de espaldas e introducir el dedo corazón en la vagina -supongo que es porque es el más largo- y llegar hasta una superficie algo rugosa, como la cáscara de una nuez. Una vez allí, hay que empezar a probar suerte. Lo que me sorprende más es que ni los científicos se ponen de acuerdo en si el punto G es una estructura anatómica real -una especia de clítoris interno- o si se trata sólo de una zona sensible más de nuestra anatomía sexual.

Siempre me he preguntado porqué la sexualidad femenina parece tan complicada, teniendo en cuenta que un hombre pasa por dos fases muy sencillas: estimulación y eyaculación; es decir, acción y reacción. Todas sabemos dónde está el punto y final, porque se trata de un efecto visual tras descorchar la botella de cava. Sin embargo, para nosotras todo parecen conjeturas de las que la ciencia participa sin acabar de afirmar nada en claro. La mujer se estimula a partir de diferentes zonas erógenas, pero a la que se da más importancia está tan escondida que el erotismo se convierte en una especie de búsqueda del tesoro. Visto así, todo parece una cabronada de la naturaleza que nos lo ha puesto difícil, ¿no?

Otro fenómeno que también me llama la atención es que nadie se ha puesto de acuerdo en qué es la eyaculación femenina o “squirt”. ¡Para flipar! Que levante la mano la que haya tenido esa experiencia y que nos diga de qué color es ese flujo que tiene que ser como llegado de otro planeta: ¿amarillo fosforito? ¿o blanquinoso, como el que sale de un pene? Algunos dicen que es orina, otros que no. A propósito del tema, me he encontrado con este interesante artículo de la sexóloga, Mónica Quesada Juan. Como ella misma dice, la sexualidad femenina, fuera de la reproducción -el placer por placer- no es un fenómeno que nadie se digne a estudiar con rigor. No me digáis que no percibís el tufillo a patriarcado.

Hace mucho tiempo que quería escribir este post. Comprenderéis que no es cómodo hablar sobre sexualidad. Sin embargo, cuando decidí iniciar este blog, tenía muy en cuenta que feminismo y sexualidad eran temas indivisibles. Escribir sobre feminismo y, en este caso, sobre sexualidad, no solamente me obliga a tomar consciencia de que la desigualdad de género está intrínseca en todos los ámbitos de mi vida. Autoproclamarme feminista ha implicado un compromiso conmigo misma, un trabajo de denuncia contra algunas situaciones que antes, conducida por convencionalismos o simplemente por falta de concienciación, había silenciado. Lo cierto es que el comportamiento sexual, antropocéntrico y cisheteropatriarcal, está repleto de construcciones sociales, precepciones encorsetadas que marcan lo que se considera una actividad sexual “normal”. Hasta ahora, se hablaba de la existencia del punto G sin demasiada evidencia científica, pero sin cuestionarse demasiado que, probablemente, muchas mujeres no tuvieran la misma sensibilidad en esa zona, lo cual pudiera crearles cierta frustración al no adaptarse a lo que se marca como parámetros “normales” en lo que a sexualidad se refiere. ¡Cuántas habrán muerto con la pena de no haber experimentado uno de esos alabados orgasmos vaginales!

Pues bien, para las que no lo sepáis aún -porque tengo la sensación de que este tipo de noticias no suelen tener demasiada repercusión en los medios-, ahora dicen que el orgasmo vaginal no existe. No lo digo yo, sino un equipo de científicos del Departamento de Biología de la Universidad de Florencia, Italia, y publicado en la revista Clinical Anatomy Review afirma que la gran mayoría de las mujeres del planeta son incapaces de llegar al orgasmo durante el coito. Los coordinadores de la investigación de la que os hablo, Vincenzo y Giulia Puppo, afirman que el punto G, o clítoris interno, no existe, aunque sí existe la zona erógena como tal. No hay relación anatómica entre el clítoris y la vagina, y todo el clítoris es un órgano perineal externo, formado por el glande, el cuerpo y las raíces. Punto.

La buena noticia es que el orgasmo siempre es posible en todas las mujeres -sí, he dicho todas-, “si los órganos eréctiles femeninos son debidamente estimulados durante la masturbación, el cunnilingus, la masturbación por parte de la pareja o durante los coitos vaginal o anal, si el clítoris es estimulado al mismo tiempo con un simple dedo”, como afirma Puppo. Visto así, no parece tan complicado como pensábamos, ¿verdad?¿Qué pienso de esta investigación? Pues intento escuchar un poco más a mi sentido común. La naturaleza no podría ser tan jodidamente retorcida con nuestra anatomía y no necesitamos ningún “clítoris oculto”. Y, francamente, porque eso del punto G me huele a ciertos intereses con un mensaje claro y explícito: “si quieres pasártelo bien de verdad, tendrás que pasar por la penetración”. Sin embargo, sí creo que existe una zona erógena interna que, si bien no cuenta con tantas terminaciones nerviosas como el clítoris, es capaz de procurar un placer diferente, como también se ha demostrado. Las dicotomías están en todas partes, incluso cuando a alguien se le pregunta si es clitoriana o vaginal. Y al final, de tanto querer encasillarnos, se nos olvida lo principal: que somos plurales y diversas.

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