Y después de los cuarenta… ¿qué?

Alguna vez leí que las biografías escritas suelen estar estructuradas siguiendo un patrón que se repite en muchas obras. Parece existir un agujero negro cuando llegan a lo que se conoce como la mediana edad. Con lo de “mediana edad” no quiero caer en arquetipos, ni clichés, ni poner etiquetas generacionales, pero lo cierto es que, por mucho que nos empecinemos en escapar de ello, estamos bajo el influjo de ese gran monstruo invisible que se llama sociedad de consumo, del que nadie, ni siquiera las que preconizan su independencia ideológica -también hay nicho específico para ellas-, se escapa de caer en sus targets.

Volviendo al tema, resulta que la mayoría de las biografías, como es natural, comienza explicando la historia de la tierna -o no tan tierna- infancia. Narran con detalle como se va fraguando la personalidad de la biografiada en cuestión, y más tarde las aventuras y desventuras que ayudarán a trazar el mapa de su futura vida, lo que las condicionará para siempre. Solemos encontrarnos con personajes inquietos que acaban realizándose profesional o familiarmente después de muchas trabas. Pero también con mujeres que se diría que han nacido con un GPS bajo el brazo, y se limitan a recorrer un camino de rosas, trazado solo para ellas.

La veintena y la trentena parecen ser las décadas vitales cruciales. Durante esos años, las biografiadas luchan contra los demonios internos y externos, y superan obstáculos hasta llegar a una especie de planicie infinita; el aburrido camino que se extiende a partir de los cuarenta. A partir de ahí, no ocurre nada. No nos explican cómo las biografiadas lidiaron con la vida cuando estaban en el ecuador de la misma, cuando podían aprender de los errores recientes, y todavía podían permitirse seguir soñando, pues la vejez era apenas un pequeño punto en la lejanía . Nada. Cero. Conjunto vacío. No más que un desierto en el ciclo vital por el que los personajes caminan por un infinito remanso de paz hasta languidecer plácidamente. En algunos casos, la vejez se presenta como un mero momento de reflexión sobre lo ocurrido en esas primeras tres o cuatro décadas. Nada más que eso.

¿Qué hay entonces en esa etapa que no parece importar a nadie, a parte de a los vendedores de productos light o cremas antiarrugas?

Al cumplir mis cuarenta tacos, me prometí no hacer demasiado caso a las advertencias apocalípticas que no paraban de resonar a mi alrededor: que si el maldito punto de inflexión; que si la crisis de los cuarenta; que si el principio del fin… Hasta que caí. ¡Vamos que si caí! En picado. No solamente porque la humanidad entera, especialmente los cajeros del supermercado, parecía haberse puesto de acuerdo en hablarme de usted y llamarme señora -con el debido respeto y blablablá-, ¿señora, yo? ¡Pero si cuando me miraba en el espejo seguía viendo a la chiquilla de la facultad, a la misma persona insegura, que aún se seguía emocionando cuando escuchaba Nirvana! ¿Qué ha pasado? ¿Qué hostias ha cambiado en mí?

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Entonces comencé a prestar atención a lo que me rodeaba. Y, efectivamente, me di cuenta de que la sociedad quería meterme en ese saco en el que se supone que deben estar las mujeres como yo. Sí, me refiero al saco de las de freedam y cocacola zero. Mientras tanto, he ido forcejeando, rebelándome, intentado ganar algo de tiempo, así que me he metido activamente en las RRSS. “Una buena identidad digital me mantendrá fuera de la línea de tiro”, me he dicho. Pero parece ser que tampoco soy “generación digital” y, aunque me empeñe en “juguetear” con el móvil, rápidamente compruebo por mí misma la primera limitación. ¡Mierda! Esto no es tan interactivo como yo pensaba. Sin embargo, no me rindo. Como dicen las francesas: Ça passe ou ça casse.

Llevo un tiempo bastante activa en las RRSS, y no estoy segura de que el plan vaya a funcionar. Es decir, resulta que lo que yo tengo que enseñarle al mundo, el mundo ya lo sabe, o lo obvia, o simplemente no le interesa. La gente requiere otro tipo de conocimientos: ideas frescas, alejadas de la serenidad y el supuesto “bienestar” soporífero de las que estamos en el agujero negro.

¿A quién coño le interesa la experiencia? Recuerdo que la chica que un día fui -sí, la misma que escuchaba Nirvana- también rechazaba sin remordimientos los supuestamente sabios consejos de mujeres mayores. Y es que también pensaba que la experiencia tenía que labrársela una misma, aunque cayera de bruces contra el suelo un millón de veces.

Compañeras del agujero negro, ¿qué nos queda? Pues hacer en nuestro agujero lo que nos salga de los ovarios. No tenemos que ser una influencia para nadie, ni tenemos la presión de ser creativas, ni demostrarle al mundo nuestra valía; porque la vida nos ha puesto en stand by. ¡Pues montemos un guateque en el agujero!

Y eso es lo que pienso hacer. Si te sientes como yo, te invito a pasarte por mi agujero de vez en cuando. Las demás, ya iréis cayendo (risas de bruja).

 

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