sandalias con calcetines - Sandalias con calcetines

Sandalias con calcetines

—Verá, doctor, al principio pensé que eran chiquilladas de mujeres. Empezó a comprar platos precocinados. Ahora la casa está hecha un asco. Yo quería que mi mujer fuera más alegre, pero no esperaba que pudiera empeorar tanto. Dígame, ¿es muy grave?

El doctor escucha a la vez que ojea unos documentos. Antes de contestar, los junta todos en un fajo dándoles un par de golpes secos sobre su mesa de melamina blanca, emite un sonoro suspiro y levanta la mirada hacia el señor López.

—Su señora parece estar afectada de lo que se conoce como “Síndrome de las Sandalias con Calcetines” —responde con firmeza a la vez que reposa unas arrugadas y huesudas manos sobre el expediente—. Entiendo que abra tanto los ojos. Yo mismo me quedé estupefacto cuando tuve conocimiento por primera vez de esta enfermedad y contrasté los síntomas con el cuadro clínico de su esposa. Créame, ha sido un caso difícil de resolver.

Tras unos segundos de incómodo silencio, el señor López desvía la mirada hacia las paredes del despacho, como si quisiera escabullirse de las palabras del doctor. Observa con falso interés unas litografías de desnudos femeninos, una lámina enmarcada del cerebro humano diseccionado desde diferentes ángulos y un póster de treinta y dos tipos de mariposas con nombres en inglés.

—¿Le gustan? Las acuarelas, digo. Son de un buen amigo mío – pregunta intentando captar de nuevo la atención del señor López.

—No entiendo de arte— afirma con un ápice desdén.

—Verá, me he permitido consultar los informes con algunos colegas especialistas en la materia; muchos de ellos grandes eminencias en el extranjero. Insisto en que no ha sido nada fácil dar con el diagnóstico, debido a la escasez de casuística que tiene esta extraña enfermedad. Sin embargo, nos hemos percatado de su incremento entre la población de mediana edad, con mayor incidencia entre las mujeres.

—¿Cómo…cómo se encuentra? —pregunta tras rascarse con una mano una cabeza casposa y con la otra el sobaco, en un gesto entre nervioso y simiesco.

—En estos momentos está mucho más serena; en parte, gracias a los antidepresivos que, como le comenté, comienzan a ser efectivos unas semanas más tarde de su administración. Le diré que, incluso el cambio en la indumentaria que experimentó meses atrás tiene ahora su explicación clínica, puesto que la mayoría de las pacientes aquejadas por “el Síndrome” suelen dejar de lado su clásico vestuario y lo sustituyen por camisetas de colores llamativos, bermudas y estrechas minifaldas. En definitiva, un tipo de vestimenta, si no poco decorosa, sí un poco hortera, si me permite la definición.

—Todo comenzó al regresar de aquel camping. No lo comprendo, es como si me la hubieran cambiado…-añade el señor López con desconcierto a la vez que sacude la cabeza.

—Como es de suponer, la enfermedad suele alcanzar su máximo auge en época estival, y ello provoca que un buen número de pacientes se paseen por las calles en bikini, pareo o shorts, además de calzarse sandalias con calcetines, de lo cual recibe el nombre esta curiosa patología. Es el periodo en el que más contacto tenemos con turistas extranjeros, tal y como le ha sucedido a su señora.

—Se ha teñido de rubia, doctor, como las actrices de los años cincuenta —dice con preocupación.

—Verá, de hecho, otros aspectos de la enfermedad, como teñirse el cabello de rubio, tampoco son fortuitos, y se han observado en el noventa y ocho por ciento de los pacientes. En muchas ocasiones, se confunde con el bien conocido síndrome posvacacional, del que con certeza usted tendrá conocimiento. Lo que hizo disparar las alarmas, en este caso en cuestión, fue la fuerte crisis de identidad repentina que forzó su ingreso. Su mujer, ama de casa y madre de familia, aparentemente no solía tener grandes exigencias ni en el terreno material, ni profesional. Siempre ha sido una persona muy conformista que, de repente, reivindica ser alemana.

—¿Alemana? — interrumpe escandalizado—. ¡Pero si es de Alcorcón…!

—Ella —continúa el doctor haciendo caso omiso—, que según usted nunca estudió alemán, ahora es capaz de comunicarse en este idioma sin problema alguno, hasta el punto de haber “reseteado”, si me permite la expresión, su propia lengua materna. Por suerte, contamos con la colaboración de la doctora Klein, quien nos está siendo de gran ayuda como intérprete. La señora López ha decidido convertirse en turista en su propio país, regodearse en un universo imaginario de atardeceres con sangría, atractivos machos ibéricos que engatusan a las mujeres, y noches de discoteca bailando hasta el amanecer. Nada más lejos de su miserable realidad. Y disculpe por adjetivar de este modo su cotidianidad. Verá, nuestra psique nos sorprende a veces con ocurrencias de este tipo. Cuando no podemos modificar nuestro entorno, o sencillamente no nos atrevemos a ello, cambiamos nuestra identidad para contemplar nuestra vida con nuevas lentes. Esto es precisamente lo que le ha ocurrido. ¡Ojalá todos fuéramos turistas de nuestras vidas para hacer de ellas un paraíso!

Tras soltar esta última frase en tono socarrón, el doctor calla para otorgar la palabra al señor López, quien rompe el silencio cuando éste empieza a incomodarle:

—¿Sabe, doctor? No estoy acostumbrado a vivir sólo. No me valgo… —se atreve al fin a confesar con voz enflaquecida.

—Comprendo —responde sin verdaderamente comprender demasiado. Y se levanta dando un respingo precipitado de su cómoda butaca de tapizado provenzal para acercarse a la ventana, y evitar de esta forma entrar en conversaciones insustanciales y sentimentalistas que apenas despiertan su interés—. Acérquese, es la hora de recreo. Mire. Ahí la tiene.

Desde el tercer piso en el que se encuentra el despacho, como si de un palco romano se tratase, los dos hombres divisan, entre la multitud de pacientes, una mujer cuyo cabello rubio platino contrasta con la languidez otoñal del jardín. Lo lleva mal sujeto en una cola de caballo coronada con una ridícula goma fucsia. Junto a ella, se ha sentado un señor de avanzada edad que le explica algo haciendo muchos aspavientos con los brazos. Mientras tanto, ella asiente con la cabeza por momentos, sin apenas mirarlo, concentrada en la ardua tarea de liarse un cigarrillo. Le tiemblan unas manos de piel rugosa carcomidas por los productos de limpieza, que también parecen haber descascarillado un esmalte de uñas azul metálico.

—¿Ahora también fuma? ¿Y quién es ese tipo?

—Es un paciente alemán que ingresó el mes pasado. El único con el que puede mantener una conversación. Figúrese usted que dice ser la reencarnación de Hitler. —El doctor deja escapar una carcajada ahogada.

A pesar del aire fresco que está avanzando lo que será un invierno gélido, la paciente luce con poca gracia una camiseta de tirantes, demasiado corta como para cubrir su gruesa cintura. Unos pechos protuberantes parecen querer escapársele entre su escote desmesurado.

—No ha vuelto a desnudarse— dice el doctor en tono más bajo de lo habitual, intuyendo el pensamiento de su acompañante.
La señora López se enciende por fin su cigarrillo. No se traga el humo, y da caladas cortas y apresuradas, mirando a todas partes con gesto nervioso, como si intentara buscar su cordura perdida. Hasta que alza la cabeza hacia el enorme ventanal en el que se encuentra el despacho del doctor, como si hubiera advertido la presencia de ambos. Clava sus pupilas de ojos vidriosos y mal maquillados en su esposo, a quien comienza a erizársele el vello y retrocede ligeramente, como avergonzándose al sentirse descubierto.

—No se preocupe, los cristales son de visión unilateral. Ya sabe, como las cámaras Gesell que utilizan en la policía —susurra el doctor dándole un par de palmaditas falsamente afectuosas en la espalda. Y le invita con un gesto a arrimarse de nuevo a la vidriera.

—¿Tiene…? —el señor López necesita tragar un poco de saliva antes de aventurar la frase—. ¿Tiene cura?

—Oh, sí. De eso quería hablarle. Verá, podemos ofrecerle un tratamiento que ha tenido muy buenos resultados con otras pacientes españolas. En el corazón de la Selva Negra, se encuentra uno de los centros de salud mental más reputados de Alemania. Allí, un equipo de profesionales especializados en el “Síndrome del Torero” que, como habrá comprendido usted, se trata del mismo proceso, pero a la inversa, podrán ocuparse de su esposa, quien en pocos meses estará deseando regresar a su país, repudiando todo lo que no sea español. Suena a chiste, ¿cierto? Déjenos unas cuantas semanas, y le devolveremos a su mujer gamuza en mano, tan obediente y sumisa como siempre. Podríamos solicitar un traslado la semana próxima, siempre y cuando usted…

Y mientras el doctor se sumerge en un largo monólogo sobre los pros y contras del tratamiento, sus costes y las probabilidades de éxito, abajo en el jardín el falso Hitler se ha puesto en pie sobre un banco con el brazo derecho alzado, y explica a gritos sus batallitas a un escaso público que le escucha sin entender una palabra de alemán. Entretanto, los dos cónyuges siguen sosteniéndose la mirada, como unidos por una suerte de hilo invisible capaz de penetrar los espejos polarizados.

 

Con este relato conseguí el tercer premio en el “IV concurs Soler i Palet” en 2013 (¡qué prisa se dan las agujas!)
Si te gusta, ayúdame a difundir

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *