Sí, los reyes son los padres

Si hay algo que consigue avergonzarme más que mentir es que me descubran una mentira. Mirándolo con perspectiva, creo que por eso siempre me sentía avergonzada. Porque las personas tímidas como yo, os aseguro que lo somos porque estamos recluidas en nuestras propias mentiras. Sabemos que siempre hay alguien ahí afuera que, si agudiza un poco el olfato, puede oler nuestro miedo a ser descubiertas. Entonces nos encerramos en nosotras mismas, intentando que nuestra ficción, nuestra frágil coraza, ayude a amortiguar los golpes externos.

Había vivido unos años relativamente tranquila. Disfrutaba de una de esas treguas agradables de la vida en las que parece no ocurrir nada, aunque en realidad es cuando suceden las cosas importantes sin que les demos el crédito que merecen. Son etapas de sosegada rutina y de descanso. Había conseguido estabilizarme laboralmente; comprar un apartamento en el centro; incluso hacer realidad lo que parecía imposible: tener un hijo.

Nunca tuve demasiada continuidad en mis relaciones. A veces era yo la que se cansaba; otras, ellos; y otras, ellas. Sin embargo, a pesar de que la vida como soltera era algo que, lejos de perturbarme, me satisfacía, era cierto que nunca conseguí acallar mi sed de maternidad. Me esforcé en que mis parejas masculinas perduraran hasta obtener de ellas su preciado oro blanco. Pero no funcionó. Así que decidir acudir a aquella clínica donde, a golpe de talonario, me lo pusieron todo muy fácil.

Mi embarazo, el parto, y la crianza fueron procesos apacibles. El mundo junto a mi hijo fluía, y yo me dejaba llevar por aquel torrente de vida. Mis nuevas responsabilidades no me dejaban tiempo para escuchar a la mentirosa que vivía dentro de mí. A veces, cuando podía disfrutar de un momento de ocio, creía oírla mofándose de mi persona hasta ridiculizarme, como lo había hecho siempre. Yo me defendía manteniéndome ocupada; y volvía de inmediato a mis quehaceres con tal de evitar sus insultos. Alguna vez la oí decir que, si mi hijo supiera quién era yo en realidad, se avergonzaría de mí, porque yo no era más que una embustera. Eso me dolió. Me hizo tanto daño que me puse a trabajar más que nunca, a ganar más dinero, a cocinar mejor y a jugar a ser “una madre ejemplar”.

Siempre me enorgullecí de haberle dicho la verdad. Al cumplir los cinco años, cuando me preguntó por sus orígenes, no dudé en explicarle el funcionamiento de la fecundación in vitro y su llegada al mundo a partir de un laboratorio. Nuestra relación -me decía a mí misma- se estaba construyendo sobre unas sólidas bases de sinceridad y confianza. De él me fascinaba su inocencia impía, su bondad y su sentido común. En cierto modo, casi llegaba a envidiarle. Creo que fue por eso, por empeñarme en conservar su admiración hacia mí, que aquellas navidades consiguieron cambiar mi vida, sin que la suya se afectara demasiado.

Aquel día previo a la noche de reyes le fui a recoger al centro lúdico donde solía dejarlo durante las vacaciones escolares. Estaba visiblemente enfadado y me dirigió una mirada de desdén impropia en él. No sabría describirlo, pero me pareció como si hubiese otra persona debajo de aquella piel pecosa; como si su bendita inocencia se hubiera esfumado por completo.

-Lo sé todo -me anunció desafiante.

Me sentí desnuda ante mi propio hijo.

-¿Todo? -pregunté con voz temblorosa.

-Los reyes magos no existen -me balbuceó con lágrimas en los ojos-. Eres una mentirosa.

Podría haber soportado cualquier cosa, excepto que mi hijo descubriera que soy una embustera, y que con ello se hubiese disipado aquella ilusión innata que me ayudaba a mantenerme a flote. Me concedí unos segundos de reflexión antes de responder.

-Sí que existen -me limité a contestarle con total solemnidad-. Yo soy uno de ellos y te lo demostraré.

No volvimos a hablar más sobre el tema. A la semana siguiente, decidí acudir a un centro especializado donde me asesoraron sobre el proceso. Antes de lo que me hubiese imaginado, ya había comenzado la terapia hormonal de andrógenos y los dos, mi hijo y yo, pronto empezamos a bromear sobre mi incipiente barba. Un día le corté yo el cabello. Después me lo corté yo igual que él y la transformación se hizo todavía más evidente. Los dos estábamos cada vez más entusiasmados con el cambio. Mi hijo volvía a creer en mí. Por primera vez, yo también lo hacía. Salíamos a comprar juntos ropa nueva, y disfrutábamos pensando en nuevas formas de reforzar mi nueva identidad.

Ha pasado ya un año y me han propuesto pasear en la cabalgata municipal disfrazado de rey Gaspar, supongo que por mi aspecto rubicundo y por esta barba estilo hipster que me queda que ni pintada. Como yo, la carroza avanza sin pausa, pero con prudencia. La ciudad y la luna se han puesto de acuerdo en iluminarme solo a mí, y me deslumbra la falsa pedrería de la túnica. Desde lo alto, he visto algunas caras conocidas -aunque ellos no puedan decir lo mismo de mí-, y he distinguido el rostro gordezuelo de mi hijo. Cuando paso por su lado, le oigo gritarme entre el gentío, con los ojos fulgurantes de orgullo: ¡Tenías razón!

Si te gusta, ayúdame a difundir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to Top