Ser madre y creativa

etiquetas imanesComo es muy probable que hayas entrado en este post en uno de tus escasos ratos libres, me sentiré una privilegiada si consigues leerme hasta el final; de modo que no quiero decepcionarte e intentaré ser breve.

Como casi todo en nuestra quimérica sociedad, ser madre y creativa en el siglo XXI pueden parecer roles combinables, aunque a costa de volverse medio chiflada. Que no nos engañen. Maternidad y creatividad –la que nos venden los medios y las RRSS– es como intentar ser a la vez de izquierdas y de derechas. Quizás tú seas de las personas que necesitan mostrarle al mundo una parte de tus entrañas -perdona si describo el fenómeno creativo de forma tan pueril, pero para mí es como cargar con una especie de dragón en el estómago que lucha por salir al exterior-. Además, es probable que también te apetezca que tu familia se asemeje a las de las “buenas madres” de Instagram, las que nos enseñan la cara más falsa de sus vidas. Te diré que las bonitas tardes de domingo en un acogedor y ordenado apartamento de decoración nórdica, horneando galletas -y que luego se las coman, y te digan que les gustan más que las industriales- me parecen un mero espejismo. Lo que sucede, si antes no mueres en el intento, es que todo acaba en el pozo de la mediocridad.

ALIMENTA TU CREATIVIDAD

Quiero matizar que toda esta reflexión está pensada para mujeres como yo, trabajadoras por cuenta ajena o emprendedoras; las de las medias jornadas -las medio trabajadoras y medio madres- que, más que conciliar la vida laboral y familiar, gracias el tiempo “extra”, evitan contratar a personal de la limpieza, o comer platos precocinados cada día. Mientras la vida pasa, la creatividad -el maldito dragón que se muere por respirar ahí fuera- no cesa de llamar a las puertas de la conciencia, y nos acosa. Nos amenaza con hacernos reventar en cualquier momento. Porque la creatividad, en sí misma, es un elixir de vida.

Creedme que no ha sido fácil reivindicar mi creatividad. Sin embargo, pienso que todas tenemos un lado creativo; es una característica innata del ser humano que nos diferencia del resto de las especies; nuestra capacidad de proyectar una realidad que no existe; de imaginar. Pero parece que una no puede colgarse la etiqueta porque sí. Está legitimado que alguien se defina como deportista, que necesite realizar ejercicio físico para sentirse bien en cuerpo y alma, sin por ello tener que ganar una medalla en los juegos olímpicos; pero si hablamos de creatividad, resulta más complicado. Si te defines como creativa, pero no le demuestras al mundo que tienes un canal youtube de recetas de cocina o has escrito un bestseller, es posible que se rían de ti por lo bajini.

Ser creativa no significa exponer en las galerías más prestigiosas de la ciudad, ni pasarse el día escribiendo poesía, para luego recitarla en la penumbra de un bar de copas. En realidad, todas tenemos un modo distinto de vivir nuestra creatividad. Unas lo hacemos en la cocina -desde que he descubierto la cocina vegana y sus ingredientes, cada día disfruto más inventando o cambiando recetas-, otras en un rincón, escribiendo historias, o garabateando ilustraciones; a veces, incluso organizando una fiesta temática para un cumpleaños, ¡qué sé yo! Me encanta que la gente se lo flipe con pequeñas cosas; que una adolescente se encierre en su habitación durante horas con su guitarra o se ponga a dibujar manga.

Como cuando tenía quince años, me gustaría a veces disfrutar del placer de la improductividad (de la bendita procrastinación, como la llaman ahora). Hace poco, me pasé una tarde entera aprendiendo los acordes más básicos del ukelele. Os prometo que fue de las tardes en solitario más felices que recuerdo de los últimos tiempos. Y es que necesitaba ese pequeño espacio de tiempo muerto que, paradójicamente, a mí me dio tanta vida.

Esta reflexión me asalta tras de leer el libro de Kim Gordon, “la chica del grupo” (en inglés, “Girl in a band”). La que fue cantante de la banda musical Sonic Youth explica el trato diferencial que recibía, tanto por parte de la prensa, como dentro de su matrimonio. Le molestaba que en las entrevistas le preguntaran constantemente cómo se sentía al ser madre y formar parte de una banda punk. ¿Y qué ocurre si se es padre y artista? Me gustan algunas de sus reflexiones feministas, que tanto han dado que hablar, tales como “lo que se espera de las mujeres es que sustenten el mundo, no que lo aniquilen”. En el libro también habla bastante de su madre, quien parecía haberse resignado ante la frustración de tener que reprimir un talento que jamás pudo mostrarle al mundo. En definitiva, lo que hace Gordon no es más que sacar a relucir un tema tabú: ser madre y creativa. Complicaciones que muchas nos empecinamos en obviar, conducidas por patrones sociales que, más que ayudarnos en nuestra lucha feminista, nos causan frustración.

la chica del grupo libro

Quiero aceptar mi creatividad. Siempre. En la fase que sea. Quiero mimarla, nutrirla, incluso odiarla. Quiero permitir que sea modelada por las circunstancias, compartirla, extenderla. Pero, por nada del mundo, quiero embutirla en clichés imposibles. Me niego a ver a la mujer creativa como un tipo ideal. Ello provoca frustración para las que no entienden que ser madre y creativa debería entenderse sin la conjunción “y”. Yo soy madre creativa, sin más, sin la “y”, con todos sus inconvenientes, pero con sus infinitas recompensas. 

“La chica del grupo”. Kim Gordon. Editorial Contra. Barcelona, 2015.

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