La culpa fue de la mariposa

mariposa

Leí en una revista que, si se parte de dos mundos casi idénticos, donde en uno hay una mariposa aleteando y en el otro no, a largo plazo, los dos escenarios acabarán siendo muy diferentes. Algo así debió ocurrirme. Era primavera, y sí, recuerdo perfectamente que en aquel lugar había una mariposa. Me sorprendió encontrarme con una en medio de la urbe, pero supongo que, al igual que yo, estaba allí por error. Se posó sobre la mesa donde tomaba un café, maravillada ante aquella ciudad que entonces me parecía la más bella que jamás hubiera visto. Estaba en una de aquellas plazas rectangulares, en las que la gente se cobija del sol bajo las arcadas, y la calle huele a incienso y a historia. Luego la mariposa se fue, y llegó él, con su bonito acento, y me pidió permiso para sentarse a mi lado. Yo, mujer tímida, clásica, e insegura, acepté con cierto rubor.

Al principio, rompimos el hielo con banalidades; tras el segundo café, me encandiló con leyendas curiosas de la ciudad; con la primera copa de vino, nos atrevimos a hablar de nosotros; y, con el whisky, nos intercambiamos los teléfonos y quedamos para cenar juntos. Aquella primera noche, noté cómo me envenenaba mansamente; porque aquello que me recorría la sangre, era una poción dulce y ácida que me inyectaban sus ojos negros.

Pasé el resto de mis vacaciones con él y, cuando ya no me quedaban más días de libertad, llamé a la empresa y las alargué solicitando una excedencia. También llamé a mi familia. No quería regresar. Aquella fuerza que me desbordaba la consciencia me obligaba a permanecer a su lado.

Los meses que sucedieron siempre llegaba muy tarde. Al verme, me abrazaba y me daba las gracias por estar allí, por sacrificarme como lo estaba haciendo. Pero no me importaba. No sabía cómo decirle que necesitaba de su droga, de aquel gas divino que me insuflaba con su aliento. Perdí mi trabajo, y a mi familia, pero la pérdida resultaba casi agradable cuando me aferraba a él. No me entendían, pero poco me importaba. Cuando ya no quedaba casi nada, ni siquiera en la nevera, yo mordía su carne, y bebía de su sudor.

Un día no regresó por la noche y lo perdí todo. Desde entonces, cazo mariposas. Las atrapo y las observo antes de que mueran. Luego las guardo para siempre en una caja de metacrilato. Cuando no sale el sol -que eso es casi siempre-, miro sus alas multicolores, las insulto y me mofo de su belleza. Porque la culpa de todo la tuvo aquella mariposa.

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