Esperando el almuerzo

lluvia.jpgLlueve sin ganas, como si las nubes estuvieran cansadas; llueve como la vida, lenta y pesada; y el sonido de las gotas golpeando el amplio ventanal le despierta. O quizás no, quizás lo estuviera ya, pero es difícil saberlo cuando uno está la mayor parte del tiempo en posición horizontal. Ahora las escucha, a las gotas, en forma de repiqueteo cansino en alguna puerta de sus adentros. No consigue separar los párpados y opta por esperar, cobijado bajo el calor de las mantas, a que ella le traiga las grageas –las azules- y el café con leche con pajilla. Le incorporará en la cama, y correrá las cortinas para que se entretenga observando el húmedo paisaje. Más tarde, a duras penas, le postrará en la silla y le transportará hacia el salón, para ver juntos la teleserie. Intenta recordar, todavía con los párpados cerrados, qué ocurrió en el capítulo anterior. A veces le ha pasado que ha soñado con la teleserie y, en su imaginación ha adelantado capítulos. Le gustaría decírselo a ella, que le hace feliz aquel pequeño momento en el que aún pueden compartir algo juntos. Pero solo consigue recompensarla con una imperceptible sonrisa que solo ella es capaz de reconocer. A veces, le ha ocurrido levantársele ligeramente la ceja derecha, incluso llegar a mover un costado de la boca.

Por su casa, sin contar la visita semanal de la enfermera, no pasa nunca nada, ni nadie. Solo la teleserie. Y ellos dos. Un trueno le sobresalta y comprueba que el radio reloj anuncia, con parpadeante insistencia, que son más de las nueve y media. Intuye, por el cavernoso silencio, que quizás sea miércoles, día de mercado, y probablemente ella haya salido a buscar el cruasán de mantequilla, que sólo le trae una vez a la semana; el único día que le abandona durante un par de horas para hacer la compra. Repasa mentalmente los acontecimientos para determinar qué día de la semana es y recuerda que ayer era día de la enfermera, lunes, y que no volvería hasta el lunes siguiente. De modo que es martes, no día de mercado. Por la hora que marca el radio reloj parece imposible que a ella se le haya pasado su almuerzo, pero a veces le permitía dormir un poco más, porque también necesita acortar las horas de vigilia; necesita, quizás, no tener que pensar en cargar con pesos muertos, no preparar engorrosos baños, ni cambiar pañales. Y él lo sabe.

Hace frío, y tiene hambre y sed. Una sed que empieza a atormentarle. Quiere llamarla, pero apenas consigue gesticular una mueca retorcida. ¡Maldita sea! No es capaz de girar el cuello, y su mirada no parece encontrar mayor escapatoria que el radio reloj, que comienza a atormentarle mostrándole el paso del tiempo sobre la mesita de noche, a algunos centímetros de sus narices.

La sed le tortura. Reúne en vano todas sus fuerzas para mover un brazo, en busca del pulsador que debe de haberse escondido en algún lugar sobre el colchón, y tan sólo logra deslizar la mano unos centímetros, hasta topar con algo suave y gélido que se oculta junto a él bajo las sábanas. Una piel suave y familiar. La de ella. Pétrea e inmóvil. Aprieta los ojos con fuerza y comprende, con desatinado consuelo, que también ha llegado su fin.

 

fotografía: Luc Rota Valero (6 años)

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2 Responses

  1. Si, al leer el relato presentí el desenlace. Ahora presumo que deberá sobrevivir junto al cadáver de su amada hasta el retorno de la enfermera. O posiblemente, la providencia (?) recuerde que él está ahí.

  2. incrospido5, gracias una vez más por tu interés. Imposible que sobreviva, pues ya indico que la enfermera no volvería hasta el lunes siguiente, y por allí no pasaba nadie más 😉 saludos!

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