entrañas

No sé cuántas horas habrán pasado desde que le vi por última vez. Me acarició, como cada mañana, y me miró a los ojos. Me cuesta a veces ponerme a la altura de su mirada, y me muestro esquivo pero, en aquel momento, noté algo raro. Me pareció más una despedida que una visita rutinaria. Hizo amago de acercarse más a mí, pero lo evité. Me incomodan estas cosas, y más cuando percibo comportamientos poco habituales. Estoy hecho para la rutina, me da cierta tranquilidad, por lo que suelo parecer algo aburrido.

Mis sospechas se confirmaron cuando un poco más tarde llegó aquel otro hombre. Llevaba un sombrero tipo cowboy, y a mí me da por desconfiar de la gente con sombrero. Me gusta ver las caras, y a aquel tipo no le veía más que medio rostro encubierto por la sombra. Nos ordenó a mí y a unos cuantos compañeros que le siguiéramos. Pero en aquel momento se nos antojó divertido. Nos sentíamos un poco hastiados, y pensamos que no teníamos nada que perder por cambiar un poco de aires.

No sabría determinar en qué momento me metieron en aquella cárcel. Sólo recuerdo un fuerte golpe en la cabeza, después la negrura, y luego olor de madera a mi alrededor. Ahora que acabo de despertar, escucho los gemidos de algunos de mis compañeros que parecen haber sufrido la misma suerte que yo, pero no logro verles… Hago por levantarme para tomar un poco más de aire que me falta, pero me encuentro aprisionado en una especie de cajón. No consigo erguir la cabeza, y opto por aguantar en aquella postura, adaptando mi cuerpo al reducido espacio ¿Y si me quedara siempre así, aprisionado en vida en aquel especie de ataúd?

Todo está oscuro, la negrura infinita me estresa. Y, cuando he perdido la esperanza, y hace un buen rato que no escucho más lamentos, se abre una puerta frente a mí. Sigo sin ver con claridad, pero noto como entra aire renovado y me atrevo a avanzar con cautela hacia lo desconocido. Hay una luz artificial, como una linterna, que me pone nervioso, pero cualquier cosa me parece mejor que permanecer en aquel agujero. Cuando llego al medio de otra ninguna parte, alguien me unta una sustancia viscosa en los ojos. Agradezco, sin embargo, el contacto físico. Me devuelve al mundo de los vivos. Así que me dejo cuidar, pero intento preguntar qué es lo que ocurre, qué demonios he hecho mal para acabar en aquel agujero. De mi boca solo consigo arrancar un lamento ahogado. Me duelen los músculos entumecidos, y entonces recibo como respuesta inesperada un golpe sórdido en los riñones. El dolor es tan fuerte que me hace tambalear, y luego caigo rendido. Intento levantarme, conocer quien es el responsable de mi sufrimiento, pero otro golpe brusco me derriba de nuevo. Lamento haber hecho lo que quiera que sea, así que prefiero rendirme en el suelo. La misma persona me inyecta algo, que me sumerge en un profundo sueño que me libera del dolor.

Unos gritos me alertan desde el exterior. Intento pedir ayuda, pero no parecen escucharme. Me molesta un olor nauseabundo y me percato en seguida de que me he hecho mis necesidades encima. Me falta el aire y compruebo que me han tapado los orificios nasales. Cuando me incorporo, noto un escozor insufrible en las uñas. Apenas puedo sostenerme en pie. Grito, suplico que me saquen de allí. Y mis ruegos parecen cumplirse.

Por primera vez en muchas horas, veo el sol. Un sol cegador que sólo me permite distinguir algunas manchas rojas y negras. A pesar del dolor, y el entumecimiento de mis patas, consigo correr. Sea lo que sea, ahora parece el momento de escapar. Decido ir hacia la izquierda, pero me topo con un muro que me frena en seco. Escucho voces de júbilo a mi alrededor. Debo encontrarme en medio de la ciudad. Y alguien se me aproxima. Esta vez no voy a permitir ningún golpe más. Me decido a ir a por él. Me espera con las piernas separadas, como si estuviese en un duelo en el lejano oeste. Pero no pienso achicarme. Cuando ya casi he llegado hacia mi rival, éste se aparta, y vuelvo a notar un pinchazo fuerte; siento los músculos desgarrándose cada vez que corro. Vuelvo a buscar una salida. Necesito abandonar aquel lugar cuanto antes, pero cada vez que intento escapar, un nuevo pinchazo me desgarra las entrañas. El hombre ha sacado una espada cuya hoja me deslumbra. Me coloco frente a él. Le suplico con la mirada que acabe rápido, y me hace caso. Caigo al suelo, y el júbilo de la gente todavía consigue sobresaltarme. Luego cierro los ojos. Todo está negro, y escucho en la lejanía unos últimos gritos que ya no van dirigidos a mí: ¡Torero!

 

 

 

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