Elogio de la negatividad

barrio oscureciendoApuesto a que todas recordamos “el Secreto”, el famoso superventas de 2006, de Rhonda Byrne. La peli se publicó antes que el libro, pero ambos fueron un exitazo. Se centra fundamentalmente en elogiar el pensamiento positivo, basándose en la escuela de W.W. Atkinson. En resumen, viene a decir que, si pensamos en positivo, podemos crear realidad positiva. Si visualizamos mejoras en nuestra economía, salud y felicidad, podemos transformar nuestros pensamientos en pura realidad, que es lo que viene pregonando la ley de la atracción, una de las siete leyes universales. ¡Vamos!, que se trata de la antítesis de la ley de Murphy: “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Resultaba que también Ortega y Gasset, que insistía en que él era él y sus circunstancias, estaba muy equivocado.

Os confesaré que una servidora se dejó llevar por esta absurda idea; leí el libro e incluso vi el documental. Esto lo digo cubriéndome la cara por el rubor. Aunque la obra esté escrita a nivel divulgativo, me costaba comprender algunos conceptos científicos -o pseudocientíficos- que decían fundamentarse en la física cuántica. ¡Que yo soy de letras, oiga! Me resultaba curioso que, según la famosa ley de la atracción, todo lo que me había ocurrido en la vida, lo bueno y lo malo, me lo había buscado yo solita. No podía permitirme culpar a nadie, ni siquiera a las circunstancias, de no haber alcanzado mis objetivos. Un descubrimiento bastante doloroso, ¿no creéis? El Secreto tiraba por tierra la cultura del esfuerzo, que había sido la base de mi educación. Pero, a su vez, me parecía alentador creer que estaba a punto de cambiar todo aquello. De ahí que los autores de este bestseller se hayan forrado a costa de las pobres inocentes que, como yo, se preguntaban ¿y si es verdad?

Me puse manos a la obra. Comencé a meditar, a visualizar lo que realmente quería en mi vida. Intentaba en todo momento ser agradecida con los regalos iba recibiendo -porque la gratitud, según el libro, es imprescindible-, y me concentraba en enviarle repetitivos mensajitos al universo, convencida -casi- de que mi vida daría un giro a mi favor en cualquier momento. Esperaba la llegada de aquel trabajo con el que tanto había soñado, y para el que tan bien me había preparado. Me imaginaba habitando una casa en el campo, con árboles frutales, y tardes haciendo mermeladas y leyendo poesía junto a una chimenea. Tenía clarísimo lo que quería; mi vida soñada estaba arraigada muy dentro de mí desde hacía tiempo y solo me faltaba un pequeño entrenamiento mental -y de fe- para conseguirla. Sin embargo, después de tanto empeño, no cambió gran cosa. En realidad, sí que he recibido regalos -muy apreciados, por cierto- pero también tartas envenenadas.

Lejos de criticar las prácticas de visualización positiva -pues sí que considero que pueden resultar útiles para aclarar las ideas, y establecer objetivos precisos-, la filosofía del pensamiento positivo que difunde el Secreto, y mil libros que se editaron posteriormente en la misma línea, me parece un arma más del sistema capitalista para responsabilizarnos de los fracasos individuales; una técnica de individuación de la culpa. Tengo la sensación de que, desde aquel libro, ha habido un cambio en nuestro imaginario colectivo. Si, en algún momento, el sistema había sido responsable de muchas de las cosas que nos ocurrían, ahora es únicamente el individuo el que actúa sobre su destino.

Ante tales postulados, podría entender la frustración de las enfermas de cáncer, sintiéndose víctimas de ellas mismas, como si lo que les ocurriese no fuese más que fruto de sus propios pensamientos que han atraído el mal, maldiciéndose por no haber sido capaces de conectar con la frecuencia adecuada en el universo. Y todo ello invisibilizando los factores genéticos o ambientales, causantes en gran medida de muchas de las enfermedades. En este artículo, prefiero dejar de la lado la medicina holística, la cual me parece sumamente interesante.

Pienso en las personas que se han formado durante años para ejercer una profesión que les satisfaga y les permita vivir con dignidad, y que después acaban engrosando las voluminosas listas de desempleo. Sería normal que alguien que no encontrase trabajo se sintiera enojado y generase pensamientos negativos. Sin embargo, según la autora, esos pensamientos no harán más que atraer de nuevo eventos desagradables y circunstancias que incrementen el enojo. Y yo digo que os enfadéis; que os caguéis en las injusticias y que nadie os venda la moto de que sois las responsables de vuestras desdichas. A nadie se le puede culpar de las deficiencias de un sistema que, cada vez más, genera desigualdades; y ni mucho menos de los caprichos del destino, que ninguna ciencia que valga podrá explicar. Cuando algo así os ocurra, enfadaos mucho, gritadle al universo y, sobre todo, a todos los que lo controlan.

Fotografía: “oscurece en el barrio”. Luc Rota (6 años).

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to Top