El ostracismo de las chicas “L”

LBD

Mi cuerpo y su dueña nunca se han llevado bien. Cuando todavía él era joven y gordezuelo, quería gustar, seducir, salir ahí fuera a menear las carnes apretadas; pero su dueña se empeñaba en convencerlo de que no estaba preparado para ello. El insistía en pasearse por las tiendas de ropa, para probarse todos aquellos vestidos y camisetas ceñidas de la talla M, que le hacían parecer una especie de salchicha a punto de explotar. Pero en seguida se encontraba con la mirada inquisitiva de ella, quien se sentía en la obligación de preservar a aquellos sesenta y dos quilos de las críticas de los despiadados adolescentes. Por ello, porque siempre ganaba mi pobre mente sumisa, disciplinada y despavorida, mi cuerpo inocente se retraía. Poco a poco, opté por esconderme tras prendas desgarbadas, que me cubrían más de lo que necesitaba, pero bajo las cuales sentía una protección difícil de explicar; como una oruga en su capullo que había descartado la idea de ser mariposa.

Recuerdo un invierno en el que se pusieron de moda las botas de caña alta. Llegué a probarme unos cuantos pares en diferentes tiendas, pero siempre acababa con el mismo problema: aún sin estar en sobrepeso, no era capaz de cerrar la cremallera. Los fabricantes consideraban que mi pierna era demasiado gorda para su calzado, pero me quedaba la opción de los zapatos planos, o unas simples deportivas, que combinaban de maravilla con el look ancho y desgarbado que habíamos ido creando, poco a poco, las de la talla L: pantalones rectos; anoraks anchísimos; camisas masculinas de cuadros; y otros atuendos acordes a la estética grunge y desaliñada del momento. No he sabido nunca si era el oscurantismo de la filosofía grunge el que me arrastraba a vestir así; o si las marcas de ropa no me dejaban demasiadas alternativas y, por ello, comencé a interesarme por ese movimiento. Comprendí que podía utilizar un estilo predeterminado como vehículo transmisor de mis fluctuantes valores, expresando una identidad concreta y fácilmente reconocible: la de la chica L frustrada que se negaba a enfundarse en la estandarizada feminidad de la moda.

Han pasado algunos años desde entonces. La mente de la dueña se ha ensanchado, y su cuerpo ha envejecido un poco: ha habido cesáreas, el vientre se ha hinchado y deshinchado como un globo, y las carnes se han descolgado. Ahora no se trata tanto de usar una L -que me etiqueta literalmente como persona “grande” y desviada de la cómoda mayoría M-, porque ya tengo cierta edad social, y he dejado de ser observable, deseable, o envidiable. Además de saltarme la talla, ahora me he saltado la juventud. Irremediablemente, he dejado de ser público objetivo para las marcas que crean tendencias: mujer blanca, joven, atractiva y talla M.

Si la imagen que difunden los medios -socializadores de primer orden-, o las influencers de las RRSS, es precisamente la de mujer blanca, joven, atractiva y talla M, me parece consecuente que nuestra vocecilla interior nos advierta, a las que no encajamos, de lo ridículas que estamos con aquel vestido básico de Zara, concebido y diseñado para la talla 38.

¿Y qué pasa con ellos? No hay más que ver el programa del gran Wyoming, un reflejo del resto de la parrilla televisiva. A mí me parece que hay feos, y viejos, y con unos quilos de más. Ellas, sin embargo, considero que han tenido la suerte de nacer con varios dones, el de la inteligencia para acabar la carrera de periodismo – aunque este criterio no es aplicable para todas – y el de encajar con los cánones de belleza actuales.

Como respuesta a muchas de mis preguntas, el otro día escuché la entrevista de la artista visual Yolanda Domínguez, sobre el cambio de paradigma en el mundo de la moda. Desde hace unas décadas, hemos pasado de vestirnos con ropa hecha a nuestra medida -el sastre ajustaba la tela nuestro cuerpo-, a hacer al revés -el prêt-à-porter ha hecho que sea el cuerpo el que deba adaptarse a la prenda-. Os invito a conocer el último proyecto de esta artista,  “Little Black Dress”, en el que una diversidad de mujeres, de fisionomía muy heterogénea, se fotografía luciendo un pequeño vestido negro, básico, que cualquiera podría poseer como fondo de armario. Un detalle importante: el vestido es de la talla 38 europea, la misma que se utiliza en los desfiles y catálogos.

Es evidente que una prenda tan versátil y, en apariencia, tan adaptable, como ese vestido, pone de manifiesto cómo los patrones de la moda se permiten modelar el cuerpo de las mujeres, hasta pretender estandarizarlo en una talla 38, condenando al resto al ostracismo y a la búsqueda de estilos alternativos que, muchas veces, sobre todo entre las más jóvenes, arrastran consigo filosofías de contracultura.

En mi caso, la estética grunge de mi juventud representó mi forma particular de ridiculizar a la moda, de denunciar el prêt-à-porter, que menospreciaba mi cuerpo femenino y adolescente. Bajo unas prendas que poco me favorecían, luchaba por invisibilizarme ante la dolorosa imposición de la talla M.

A mis cuarenta y un años, mi cuerpo ha conseguido independizarse de aquella mente sumisa, y le pide a Yolanda que le preste el Little black dress, un día, un solo día, para salir ahí fuera. Por fin.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to Top