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Arquitectura y género: deconstruyendo espacios

En casa siempre cocino yo. Lo hago porque me encanta y no precisamente obedeciendo a roles de género. Mi pareja asume otras tareas y yo me he agenciado lo que más me gusta hacer o, por lo menos, lo que me resulta menos aburrido: odio limpiar baños; barrer; o limpiar el polvo; pero me chifla dar caña a los fogones. Eso sí, todavía me gusta más desde que decidimos integrar la cocina al comedor. ¿Quién no ha escuchado alguna vez la expresión “encerrarse en la cocina”? Al menos aquí, en España, donde las casas y los apartamentos suelen tener esta distribución apartheidiana, la cocina siempre ha sido tradicionalmente una especie de espacio de reclusión, aislado del resto de estancias.

De mi cocina podría decir que no es ni pequeña ni grande; consta de diez metros cuadrados en los que he calculado pasar una media de una hora y media al día. Normalmente, suelo estar sola allí dentro. Recuerdo muchas veces haber hablado de la funcionalidad de las casas americanas, donde la familia convive en un espacio abierto compuesto por el comedor, el salón y la cocina. Cuando le comentaba a alguien mi interés por las cocinas abiertas, casi siempre recibía los mismos argumentos en contra: el desorden culinario que quedaba expuesto al exterior -como si cocinar fuese algún tipo de acto deshonroso o indecente que más valía ocultar-; o los olores de los alimentos que se propagaban por todos los rincones -porque parece preferible el olor artificial de un ambientador al de un buen guiso.

Siempre he tenido la sensación de que la cocina es un territorio privado, regentado por la mujer, y separado del esterilizado ambiente que debería reinar en el resto del hogar. En ese sentido, me he interesado por el estudio de espacios interiores en relación con la funcionalidad doméstica, pues considero que los principios de la arquitectura no han sido imparciales en una en una sociedad patriarcal, donde impera la lógica de la dominación. En primer lugar, y dado que el acceso a la educación de la mujer solo ha sido efectivo a partir del siglo XX -en nuestro país, debido al periodo franquista, donde se disuadía a la mujer de cursar estudios universitarios, todavía se ralentizó más el proceso-, no ha sido hasta los noventa que el número de mujeres universitarias superaba al de hombres. A pesar de eso, nos hemos decantado más por carreras de letras, de modo que siguen siendo hombres los que abundan en número en las escuelas de Arquitectura. Son ellos los que escriben libros y fundamentan teorías. Sus valores androcentristas se traducen en la distribución del espacio, asignando diferentes estancias en función del género y perpetuando las desigualdades.

Podemos afirmar que el diseño de nuestras casas no es neutro y obedece a las estructuras de poder por las que la mujer ha sido relegada a las tareas domésticas, mientras que el hombre puede encontrar su espacio en el salón -lugar de descanso del guerrero-, en tanto que tiene asignado el rol productivo. Es evidente que sigue habiendo cierto menosprecio de los espacios asociados con las actividades domésticas; se pretende aislarlos de las zonas comunes. Y ahora os preguntaréis: ¿quiero colocar una lavadora en el salón? ¿Un escritorio en la cocina? Quizás el ejemplo de la lavadora no sería el más adecuado, si menos inverosímil, en el sentido de que es un electrodoméstico bastante ruidoso e incompatible con tener la TV al lado. Sin embargo, hace algunos años también nos parecía disparatado el hecho de tener una cocina integrada en el salón. Las escobas y fregonas, a pesar de que las utilicemos a diario, suelen estar guardadas en armarios, y no son consideradas, al igual que el resto de utensilios de limpieza, como objetos bellos, que debamos ensalzar. Pero, por otro lado, nadie se plantea porqué no se guardan -esconden- las películas, los libros o los discos, aunque no los usemos con frecuencia. Con ello, sólo quiero defender que la cultura es tan importante y necesaria como hacer la colada. Sin duda, la invisibilidad de las tareas domésticas es un acto de micromachismo que frena la inmersión de los hombres en las labores más reproductivas.

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Con la llegada de la modernidad -y con ella el funcionalismo-, se rediseñaron los espacios bajo criterios de eficiencia e higienismo. Así fue como se proyectaron las cocinas como la conocemos en la mayoría de apartamentos. No obstante, la variable del género, tanto en el urbanismo como en la arquitectura sigue sin estar demasiado presente, ni siquiera en los programas universitarios actuales. He estado revisando los planes de estudio de dos facultades de Arquitectura en Barcelona: la de la Universidad Politécnica de Catalunya (UPC) y la de la Universitat Internacional de Catalunya (UIC). Curiosamente, en ninguna de las dos se ofrecen asignaturas como Sociología de la Arquitectura, Sociología Urbana, o similares. Sin embargo, parece indiscutible que la reinvención de nuevos hogares, donde las tareas domésticas tengan cabida en las zonas comunes que fomenten el trabajo cooperativo, requiere un trabajo de deconstrucción y una responsabilidad social de las personas que participan en su diseño.

Actualmente, el estudio de los grupos sociales en relación con la arquitectura se hace necesario en una sociedad en la pretendemos desmontar la lógica de la dominación, que comienza en el espacio privado de nuestros hogares y debe adaptarse a las nuevas formas de vida donde se diluya la división sexual del trabajo que históricamente ha oprimido a la mujer. El ejemplo de las cocinas abiertas representa una flexibilización del espacio, favoreciendo el trabajo comunitario de todos los miembros de la familia y socializando las tareas domésticas. Sería interesante revisar antiguas propuestas que consideraban la arquitectura como un arma poderosa para la transformación social, como las que apuntaban las feministas rusas, con espacios colectivos en los edificios, en los que el trabajo doméstico se visibilizaba a través de equipamientos comunes (cocinas, lavanderías y espacios de crianza).

http://www.dexeneroconstrucion.com/mnovas_arquitecturaygenero.pdf

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