Aba y el mechón de oro

Panenka-45_Adria-Fruitos

Estaba en su último año de escuela. Hubiese podido acabar mucho antes, sin embargo su madre se empeñó en que aprendiera algo más de trigonometría. “¿Cómo llevas la trigonometría, Aba?”, solía preguntarle. De entre todos los conocimientos, la trigonometría parecía lo más importante. Aba sabía que, en realidad, su ignorante madre se refería a ello como quien habla de aprender, en general, así que no lo tenía demasiado en cuenta, y le respondía que bien, a lo que ella le recompensaba acariciándole el cabello.

En aquella hastiada aldea le sobraba tiempo para jugar a fútbol. Solían ir en grupo, unos quince, a veces veinte, al terreno abandonado tras la casa del viejo alfarero. Allí la tierra era más fina para los que no traían calzado y no quemaba tanto las plantas de los pies. Hacía meses que el desgastado balón se había desinflado, así que su hermano le prometió enviarle unos cuantos por mensajería. Se trataba de Ibrahim Mechón de Oro, quien había fichado hacía poco más de un año por un club europeo. Cuando contaba con la edad de Aba, le apareció un extraño mechón dorado, cerca de la sien izquierda, que contrastaba con su cabello oscuro. Parece ser que muchos de sus antepasados habían tenido aquella peculiaridad que les había dotado de ciertos poderes. Sin ir más lejos, su bisabuelo había sido un respetable jefe de tribu, y aún era recordado por su enigmático ojo azul y su curioso mechón. Por su parte, Ibrahim experimentó una especie de metamorfosis. Aseguraba ser más veloz y poseer un dominio más preciso del esférico, de tal forma que no pasó desapercibido ante un ojeador que viajaba por la zona. Aba soñaba cada día con tener un mechón como el de su hermano, y se maldecía por ello cuando creía no correr tan deprisa, o fallaba un gol. Muchas noches había rezado para que el milagro se cumpliera, hasta que finalmente no le quedó otra que resignarse a ser un muchacho corriente.

Una tarde, bajo el sol crepuscular, él y su madre tomaban fufu sentados en el porche y discutían sobre algunos proyectos. A Aba se le había ocurrido utilizar el dinero que recibieron de Ibrahim y los ahorros de su difunto padre para adquirir unas tierras vecinas. Podría dejar la escuela, al fin y al cabo, ya dominaba a la perfección la trigonometría y contaba con edad suficiente como para ocuparse de sí mismo. Más tarde, construiría una choza grande, y se trasladarían a vivir allí los dos. Su madre tendría una habitación privada con enormes ventanales desde donde podría ver el lago. Ella le escuchaba con atención, sin decir nada. Luego se fueron a ver el partido de Ibrahim a la pequeña taberna y no hablaron más del tema en lo que quedaba de día.

A la mañana siguiente, el joven se levantó con el primer canto del gallo, y se fue a asear. Estaba todavía soñoliento, cuando en el diminuto y oxidado espejo le pareció ver algo extraño, a unos diez centímetros por encima de su oreja izquierda. Entre el espesor de su cabello azabache, asomaban apenas unos cuantos pelillos de color cobrizo, casi dorados. Necesitó frotarse más los ojos para verlos con claridad. El corazón latía con furia dentro de su pecho cuando fue en busca de su madre, que preparaba café en la cocina. Esta, bajo la clara luz de un sol delator, confirmó la autenticidad del fenómeno: un mechón dorado se estaba abriendo paso entre su cuero cabelludo.

Aquel día lo celebró con sus amigos, jugando a fútbol durante muchas horas. Y los días sucesivos también. Cuando su madre le preguntaba por los planes de los que le había hablado, Aba evitaba el tema, y entonces le explicaba con los ojos fulgurantes algunos avances en su transformación. Cuando se hacía con el balón, notaba como un torrente de energía fluía incandescente por su cuerpo y, en poco tiempo, fue conocido por sus proezas en toda la zona. Pasaron algunos meses hasta que su hermano moviera algunos hilos para que continuase su formación en un renombrado club.

La mañana de su partida, los vecinos habían fletado un autobús para ir al aeropuerto a despedirse de la futura estrella y le hicieron entrega de muchas ofrendas, con las que debería cargar aparatosamente hasta su llegada. Antes de atravesar la puerta de embarque, su madre dio un paso al frente y lo miró fijamente, dibujando una tierna y tímida sonrisa. Por primera vez, Aba notó el peso de los años sobre ella, en las arrugas que se precipitaban alrededor de su mirada velada. Con un beso en la frente y los ojos nublados, se despidieron.

Cuando, tras el largo viaje, se dejó caer exhausto en la fría cama de su nueva habitación, se dispuso a abrir la multitud de paquetes. Comenzó por el de su madre, modestamente envuelto en diarios y atado con cordón de esparto. En el interior, un botellín de decolorante capilar y un pedazo de papel con torpe caligrafía que rezaba “para que sigas siendo un superhombre”.

 

Cuento que publiqué en el número 45 de la revista Panenka.

Ilustración de Adrià Fruitós (http://blog.adriafruitos.com/panenka-45-2/)

 

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5 Responses

  1. Dice la redacción:
    “para los que no calzaban zapatos y no quemaba tanto las suelas de los pies.”
    Creo más apropiado:
    “para los que traían calzado y no quemaba tanto las plantas de los pies.”
    Celebro tu narración, el soccer también me gusta. Tengo conciencia del mismo desde el mundial de 1966 en Inglaterra.
    En mi blog, subo textos de soccer femenino con el encabezado SOCCERFILIA. Que se replican ocasionalmente en efacico.wordpress.com.
    Y el mechón dorado de Aba me recuerda al desaparecido conjunto Toros Neza, cuando jugaba Antonio Mohamed allí. En algún momento todo el equipo salía a jugar con su cabellera en distintos tintes.
    Fue una sorpresa en aquel torneo.
    @adolfoperez58

  2. Celebro tu humildad. No siempre responden a mis comentarios que incluyo en diversos portales en los que navego. Tal vez a quienes comento les pueda parecer invasivo. Pero esos espacios están para usarlos. También envío mensajes y tweets a diversos programas de radio.
    Lo mío, mis comentarios, no son ánimos de censurar sino el ejercicio de una libertad de expresar y establecer comunicación.
    Un Derecho Humano fundamental, así lo entiendo.
    Sobre tu otro texto pues de plano me privé de leerlo ya que despertaría mi gula. Uppsss.
    Saludos desde mi Arenal Ardiente y Pantanoso en esta parte del litoral del Golfo de México, llamado la Veracruz (Veritas Cruz). Ante el islote y la fortaleza de San Juan de Ulúa y la isla de Sacrificios.
    Y espero en algún momento tus opiniones sobre mis textos, me agradaría esa reciprocidad.
    Los textos de mi blog también son reproducidos o replicados en el blog colectivo efacico.worpress.com

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